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Rivales y amigos: Rutas en la construcción de la identidad

8 de Septiembre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey

La rivalidad, aunque nos excita en los negocios, en los deportes o juegos de competición, resulta inquietante y sospechosa en las relaciones cotidianas. Sin embargo, ahí está, inevitablemente presente en todos los contextos, constituyendo el tejido del que están hechas nuestras relaciones.

Según el Diccionario de la Real Academia, un rival es una “persona que pugna con otra por la consecución de una cosa”; pero pugnar tiene doble acepción: “reñir, luchar”, o bien, “perseverar en una solicitud, empeñarse en conseguir algo”. Me interesa mucho este doble significado porque creo que guarda relación con dos rutas en el desarrollo que tienen diferente impacto sobre el autoconcepto y el desarrollo de competencias. La rivalidad no sólo se relaciona con la competición por los recursos, sino que es algo esencial, constitutivo para la identidad. Todos hemos tenido, o seguimos teniendo, rivales, personas que ofrecen la imagen que nosotros desearíamos para sí en algún aspecto significativo, con los que nos comparamos y, gracias a ello, obtenemos una evaluación de nosotros mismos, un posicionamiento y validación social. Desde este punto de vista, podríamos decir que los rivales son necesarios, nos marcan una meta y favorecen el autoconocimiento, potenciando el desarrollo personal.

 Pero los rivales a los que me refiero no son las personas que salen por la televisión o las de gran prestigio que viven alejadas de nosotros, los rivales que cumplen una función más significativa en nuestro desarrollo están muy cerca de nosotros, generalmente solemos tener relaciones simétricas con ellos, puede ser algún hermano, un amigo, la pareja, o un compañero de escuela o del trabajo. Pueden aparecer o desaparecer en nuestra vida o haber llegado a constituirse un motivo organizador de nuestra existencia, sobre todo, cuando se trata de rivales familiares (esto incluye por supuesto al padre o la madre) o amigos.

El rival no es uno cualquiera, un mediocre, sino que por el contrario, sobresale y obtiene admiración, afecto o prestigio por algún aspecto concreto y, desde ese punto de vista, constituye un potente estímulo para la comparación y evaluación de sí mismos, en ese aspecto en particular o en general. A partir de ahí se abre la posibilidad de “hacer algo” para poner ”a salvo nuestra identidad”. Este mecanismo está presente en los niños desde muy pronto y es, en especial, la segunda infancia una época de la vida muy competitiva y en la que se desarrollan los patrones básicos de comparación y evaluación personal (que ha quedado un poco olvidada por la Psicología en este aspecto, quizá ensombrecida por el interés que siempre ha suscitado la adolescencia en el desarrollo identitario).

El punto clave es lo que sentimos y hacemos a partir del resultado negativo que arroja sobre nosotros la comparación con el rival. Se abren dos rutas diferentes según el significado que se extrae de la diferencia percibida:

A) “Se puede hacer mejor…”, “Se puede ser mejor…” Lo que conlleva una expectativa de mejora, una meta de progreso y una actitud de cambio que suele estar asociada a ensayos imitativos que conducen a progresos y resultados que pueden ser cada vez más parecidos a los que obtiene el rival. Aproximarse al rival o incluso superarlo constituye una fuente de felicidad puesto que significa que podemos ser tan buenos o mejores que alguien muy especial. Los sentimientos que acompañan y regulan este proceso son la sorpresa, la curiosidad, la admiración, la alegría y una  actitud de apertura, de confianza en uno mismo y de perseverancia en el objetivo.

B) “Yo no soy, ni seré como…”, “Yo soy inferior a…” Lo que implica una expectativa de rechazo, un temor a ser descubierto en esa inferioridad (1). La vía de actuación que aquí se abre puede ser más simple o compleja dependiendo de los recursos de la persona y está organizada en torno a una meta: demostrar que no se es inferior. Para ello y simplificando, podemos servirnos de varias estrategias:

a) Hacer constantes exhibiciones ante los demás, es decir, dedicar la energía a demostrar que somos tan buenos como el otro en tal cuestión.

b) Negar, relativizar o criticar aquellos aspectos en los que nuestro rival sobresale o a la persona en su globalidad.

c) Tirar la toalla, inhibirnos y ocultarnos ante el posible juicio de los demás.

Los sentimientos que regulan el proceso en este caso son la tristeza, la envidia, los celos, la rabia y el odio hacia uno mismo y el rival. La actitud es defensiva y/o agresiva. Esta ruta no favorece el progreso personal.

Es típico a lo largo de la infancia y de la adolescencia y, en general, durante las fases de reorganización y desarrollo identitario (durante las crisis madurativas de los adultos) que las comparaciones con otros se disparen. Aunque en algunas personas, la comparación y juicio valorativo está presente de manera constante o general, marcando un estilo o modo particular de relacionarse con el mundo, debido a la inseguridad, la vergüenza  y desconfianza aprendidas en etapas tempranas de la vida. En algunos tipos de trastornos psicológicos este mecanismo está tan automatizado que ni siquiera la persona es consciente de que vive en una perpetua comparación con otros y en juicio constante de sí mismo. La diferencia entre tomar una ruta u otra es esencial. Descubrir quiénes son nuestros rivales y el camino que estamos siguiendo nos permitirá avanzar en nuestro autoconocimiento, detectar qué nos hace vulnerables y avanzar por rutas de confianza y progreso.

BIBLIOGRAFÍA:

(1) Basado en el excelente ensayo de Carlos Castilla del Pino sobre la identidad, el sentimiento de inferioridad, la envidia y el odio, en su obra póstuma Conductas y actitudes, Tusquets, 2009.

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2 Comentarios en Rivales y amigos: Rutas en la construcción de la identidad:
#1 Alejandro Martín enviado el 16 Septiembre 2010 - 12:54 pm

Tengo la sensación de que si preguntáramos a cualquiera sobre cómo definen a los rivales que han ido tendiendo a lo largo de su vida, muy probablemente les valorarían de forma negativa; en i caso, he pensado y sentido al rival como un “enemigo”, es aquel que ha tenido alguna característica (física, de relación con otros, intelectual, o actitudinal) que yo he valorado en la comparación como mejor que la/s mía/s. Y en esa valoración añado un cierto sentimiento de envidia, o de miedo, o de frustración, en función de las dimensiones sobre las que me comparara.
Esta reflexión sobre la importancia del rival en la construcción y desarrollo de la identidad personal, y en la evolución personal, me ha hecho conectar con otras dimensiones de ese rival y con otras dimensiones personales. Y estoy de acuerdo. El rival es aquel sobre el que también se siente admiración, sobre el que por tanto nos podemos fijar para llegar a ser como él; es como la cara opuesta del “fan”.
Y siguiendo la reflexión, creo que esta visión del rival obedece a una serie de requisitos previos, a unas disposiciones psicológicas educadas y entrenadas a lo largo de la vida, al menos, a lo largo de la segunda infancia y más concretamente en la adolescencia, que es donde los rivales están más presentes. Y hablo entre otras, y no me extiendo aquí, de una buena gestión emocional, de una motivación y unas creencias relacionadas con la posibilidad de desarrollo, de mejora, con una “cierta” seguridad en lo que valoramos de nosotros mismos.
Dicho de otro modo; creo que esta visión del rival como punto de apoyo para nuestro crecimiento, es sólo posible si otras condiciones psicológicas están presentes cuando aparece el rival.
Eso sí, reconstruyendo nuestra historia de rivales, podemos dar nitidez a nuestra identidad, y sus esferas, analizando cómo hemos ido respondiendo ante los rivales, y podemos conocer más sobre nuestras motivaciones, valores, miedos, nuestro manejo emocional, sobre nuestras relaciones….
Muchas gracias por este texto. Da mucho juego en el gran juego del autodescubrimiento.

#2 Esperanza López enviado el 16 Septiembre 2010 - 6:35 pm

Son muy interesantes las reflexiones que expone este texto y también el comentario de Alejandro. Me gustaría incidir en las condiciones psicológicas que pueden influir en que tomemos uno u otro camino para convertir al rival en un estímulo para mejorar nuestras competencias o en una amenaza para la identidad. Creo que es crucial un factor ambiental; la historía de comparaciones a las que hemos sido expuestos, generalmente el entorno compara a las personas de forma global, “fulano es mejor que zutano porque es más rápido o más habil o más convincente o más divertido…” es decir, de una cualidad se extrae el valor global de las dos personas, el modelo y el comparado. Si desde pequeños sabemos reconocer y expresar los puntos fuertes en los niños, las cualidades y fortalezas que van adquiriendo es menos peligroso señalar y valorar en otros los aspectos positivos con los que se pueden comparar sin sentirse amenazados, esto es, el refuerzo diferencial sobre los aspectos que me interesa enseñar.
Creo que, una vez mas, las formas son esenciales, muchos padres creen que poniendo a otro como modelo estimulan a su hijo, y si, lo pueden estimular, pero a que sienta celos y envidia, o puede que la comparación se use como castigo de alguna conducta que no guste, y si, castiga, pero al niño de forma global y lo degrada frente al otro.
Cada vez estoy más segura de la necesidad de divulgación de los principios básicos de la psicología.

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