Seguro que la mayoría de los que leen estas líneas ya han leído o escuchado anteriormente información sobre el estrés. Volvemos a este tema porque nos gustaría transmitir la importancia de mantenerlo a raya, al menos en el porcentaje que dependa de nuestro control.

Sí, la palabra estrés se usa con bastante frecuencia en nuestras vidas. Oímos hablar de estrés a jóvenes estudiantes, a mujeres y hombres de todas las edades…. Hace un tiempo, el estrés se asociaba a altos ejecutivos con grandes responsabilidades en las empresas; en la actualidad podemos referirnos a cualquiera de nosotros.

En periódicos y revistas también aparece el tema con frecuencia, muchas veces asociado a ciertas enfermedades. De hecho, el estrés laboral es el segundo problema de salud en la Unión Europea, y cada vez es más frecuente que distintos especialistas de la Medicina lo tengan en cuenta como importante factor de riesgo.

Parece que el estrés nos afecta a todos, que es una epidemia.

Por todo esto, nos parece interesante que se continúe difundiendo información sobre qué es el estrés, qué efectos produce, qué lo causa,  y. por supuesto.  sobre lo que podemos hacer para prevenirlo, controlarlo o recuperarnos de sus efectos negativos. Así que, con ésta, iniciamos una serie de entradas sobre el tema.

 

Recordemos,  ¿qué es el estrés?:

El término estrés se debe al Dr. Hans Selye que, en los años treinta, presentó sus investigaciones sobre lo que en principio llamó  Síndrome general de adaptación

La respuesta de estrés es, en realidad,  eso: un recurso adaptativo. Un recurso que la evolución ha puesto a nuestra disposición para enfrentar situaciones amenazantes; por supuesto, este mecanismo de adaptación no es único de nuestra especie.

Esta reacción, que  afecta al organismo como un todo, puesto que se activan de manera extraordinaria distintos sistemas biológicos, pone a disposición de la persona recursos excepcionales, que facilitan la acción y el éxito frente a la demanda de la nueva situación.

Por tanto, la respuesta de activación o estrés no es algo malo en sí mismo, más bien al contrario. Eso sí, supone un desgaste importante para el organismo.  Si esto es episódico, y si hay tiempo suficiente de recuperación, no habrá ningún problema.

De hecho, nuestra biología posee mecanismos reguladores que van a intentar devolvernos a un estado de equilibrio homeostático. Pero si las condiciones ambientales, por un motivo u otro, no permiten esa vuelta al equilibrio o nuestro propio comportamiento lo dificulta,  podemos instalarnos en una situación de estrés permanente.

Es decir, estaríamos en una situación de activación basal excesiva.

Ahora debemos aclarar de qué hablamos cuando utilizamos el término “activación” y cómo se relaciona con el término “estrés”: desde que despertamos por la mañana se produce un estado de alerta moderada que nos permite relacionarnos con nuestro ambiente y funcionar en él; pensar, movernos, trabajar en las distintas tareas y comunicarnos con otras personas; y, por supuesto, vamos sintiendo unas emociones u otras en distinto grado.

Para que todo esto pueda darse, se activan en nosotros distintos sistemas biológicos. Es decir, por supuesto, aunque no estemos ante un estímulo estresor siempre hay un nivel de activación de distintos sistemas biológicos que se corresponden con nuestra actividad.

Cuando el entorno nos plantea demandas excesivas de ejecución o tenemos que enfrentarnos a  distintos problemas, o surgen conflictos con otras personas, nuestras emociones preparan de un modo especial a nuestro organismo para la acción; es decir, la activación aumenta para hacer frente al problema o la amenaza, como decíamos antes; y también aumenta nuestro ritmo cardíaco, se altera nuestra respiración y se tensa nuestra musculatura- por nombrar sólo los que más percibimos, subjetivamente-.

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Si añadimos a esto que podemos estar pensando en los problemas que hemos vivido o en las tareas pendientes mientras estamos tumbados en la cama, supuestamente para descansar, la situación se complica todavía más. Como diría Robert Sapolsky, un experto en estrés, a una cebra al menos no le ocurriría esto: si ha conseguido escapar de un depredador, no tiene la capacidad para seguir pensando en lo ocurrido tiempo y tiempo; de modo, que no se sigue alterando cuando la situación no está presente.

Tampoco otros mamíferos sienten ese alboroto emocional cuando se encuentran ante una situación de hablar en público o presentarse a una entrevista de trabajo. El lenguaje y el pensamiento propios de nuestra especie son, sin duda, un instrumento valiosísimo, pero “potencialmente peligroso”, como dice el psicólogo Steven Hayes.

 

En resumen, si los acontecimientos negativos o los problemas permanecen sin resolver o se acumulan en el tiempo, y más aún si los periodos de descanso y recuperación son demasiado cortos, el organismo queda sobreexcitado y esto con seguridad nos llevará a más problemas, tanto físicos como psicológicos.

Esta sobreactivación puede afectarnos de distintos modos, nombramos algunos:

  • En el cuerpo: tensión muscular, contracturas, dolores de espalda.., fatiga, cansancio, molestias digestivas, gastritis, úlceras pépticas, arritmias, hipertensión, cefaleas, problemas de la piel, sensaciones de opresión torácica…
  • En el rendimiento: problemas de memoria, concentración, atención…, incremento de la posibilidad de sufrir accidentes, dificultad para tomar decisiones..
  • En el bienestar psicológico: insomnio, descuido de la alimentación (pérdida de apetito o en el otro extremo, sobreingesta), aumento de consumo de alcohol, tabaco…descuido de las relaciones familiares y sociales en general, irritabilidad (por tanto, más posibilidad de discusiones y más estrés) pérdida de satisfación y motivación por el trabajo, tristeza, pesimismo…, conductas impulsivas…, ansiedad

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No queremos ponernos dramáticos, ni mucho menos; pero todo esto sucede en estados prolongados de activación, y produce daños a quien lo sufre y a las personas relevantes de su entorno;  de ahí nuestra recomendación de que nos cuidemos.

Nuestra inteligencia y nuestro comportamiento pueden ponerse a nuestro favor y ayudar , en lo posible, a nuestros recursos biológicos de recuperación, en vez de estorbarlos.

Volveremos sobre este tema, como ya hemos dicho, pero como adelanto, para ayudarnos a controlar el estrés, recomendamos leer la excelente Guía de Madrid Salud El estrés y el arte de amargarnos la vida, escrita, entre otros autores, por nuestro admirado profesor Miguel Costa.

 

Sapolsky, R. (1995). ¿Por qué las cebras no tienen úlcera?. La guía del estrés. Madrid: Alianza Editorial.

 

3 Comentarios

  1. JudyB dice:

    Muy bueno y puntual. Lo más importante en destacar es lo fuerte que estos pensamientos estresantes atacan nuestra salud. Es posible combatir el estrés o al menos controlarlo y por eso se agradece que compartan este tipo de artículos. Excelente.

    Permíteme colaborar con este otro interesante artículo que también presenta varias técnicas efectivas para controlar el estrés…

    http://www.alcanzatussuenos.com/como-combatir-y-controlar-el-estres/

    • Pilar Barbado dice:

      Gracias por su comentario y por su aportación. Efectivamente es importante regular el estrés y hacer ciertas cosas, como las que aparecen en el enlace que envía, puede ayudarnos: actividades distractoras (preferiblemente gratificantes o valiosas para la persona), ejercicio físico, respiraciones, mindfulness….

  2. […] la privación de sueño aumenta en el torrente sanguíneo la presencia de las hormonas asociadas al estrés. Esto se relaciona con arritmias y con hipertensión; y por tanto, con mayor probabilidad de sufrir […]

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