Estás en:
Blog > Identidad

Archivo para la categoría ‘Identidad’

La sociedad de la eficacia

16 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | Sin comentariosComentarios
Autor: Alejandro Martín

Esta afirmación no parece rebatible, cualquiera que la lea estará de acuerdo: Ser eficaz es un VALOR, una cualidad altamente demandada… y premiada. Existe una clara manifestación de exigencia en la eficacia, tenemos unos cuantos ejemplos: ¿Qué es eso de llegar a las 10 de la mañana a trabajar?… ¿Cómo es que te vas a las 6 de la tarde?… No entiendo cómo puedes estar en el sofá sin hacer nada… Vamos al “Fast food” de aquí al lado y así tardamos menos en comer… Ejemplos que denotan ir en contra de aspectos básicos  para el ser humano como el sueño, la alimentación y el descanso. Hay más ejemplos, dos actitudes claramente relacionadas:

Una de ellas es el “HACER-HACER-HACER”. Somos eficaces como jefes o como colaboradores, cuando hacemos mucho, cuando no dejamos de producir. Se nos mide sobre todo si somos o no eficaces, es decir por lo que logramos producir. Si a esto le sumamos el periodo de crisis en el que nos encontramos, cobra más valor aún. No importa tanto y, en algunos casos, incluso no importa nada, si en el camino hemos “pisoteado a alguien”.

La otra actitud relacionada es la de “ACTÚA, NO PIENSES”, que se nos dice a modo de norma cuando no nos encontramos bien, cuando estamos pasando por una mala racha. Es como si en el fondo se nos impidiera sentirnos mal. Los demás saben perfectamente que si nos permiten sentirnos mal vamos a rendir menos. Y eso, no puede ser. Si dejamos de producir se nos penaliza, al igual que se hace si paramos porque nos encontramos mal.

¿Por qué esta exigencia en ser eficaces? ¿Por qué no damos valor a la reflexión, al descanso, al poder estar en baja forma intelectual o emocional, al comer de forma nutritiva y tranquila? ¿Qué puede haber de fondo, que explique ésto?

Yo creo que lo que hay de fondo es el miedo a sentirnos vulnerables, y diría más, a ser vulnerables. Así vamos conformando unas reglas de juego donde esa vulnerabilidad se ve cortada de raiz, premiándonos por ser máquinas de producir. La vulnerabilidad se valora como algo muy negativo, asociado al error, a la catástrofe. Y qué curioso, en parte, hemos sobrevivido como especie precisamente por habernos equivocado mucho, por no haber sido eficaces en todo lo que hacíamos. Nuestra capacidad de aprendizaje hizo que del error, de la no eficacia, pudiéramos sobrevivir.

Además, sentirnos vulnerables nos ha permitido tomar más contacto con nosotros mismos, con todo nuestro potencial. Es desde ahí de donde han surgido mejoras, donde hemos innovado, donde hemos crecido. Es desde la vulnerabilidad cuando nos hacemos personas más autónomas, sabias, competentes, y nos definimos mejor como queremos ser; la “función identitaria” cobra relevancia ante la crisis. De nuevo, volvemos a ir en contra de algo inherente al ser humano, sentirnos con el derecho y permitirnos periodos de malestar, de crisis, de vulnerabilidad.

Los profesionales de la salud sabemos que esa obsesión por ser exigéntemente eficaces con todo lo que hacemos es una de las variables que más influyen de cara a desarrollar úlceras, migrañas, desequilibrios en el sueño, problemas cardiovasculares o intestinales, entre otros. Eso sí, uno no acude al profesional de la salud (psicólogo, psiquiatra, médico de cabecera) diciendo que tiene que ser eficaz, que tiene que rendir al máximo porque es lo que se espera de él, y lo que incluso espera de sí mismo, acude por los motivos nombrados anteriormente o porque ha llegado un momento en su vida en el que no sabe muy bien que le pasa, pero se encuentra bajo de tono, triste o deprimido. En muchos casos, esta lucha por rendir, por ser eficaces, está en la base de estos problemas.

LLevamos, la sociedad, empujando en la línea de la eficacia hace mucho tiempo. Pero hay quienes empiezan a empujar en otras direcciones, en el respeto al ser humano, en la promoción de hábitos saludables, en la conciliación vida personal-profesional, en la importancia de atender y cuidar lo emocional, en ir inculcando a los niños desde la escuela comportamientos basados en la cooperación y no en la competición, es decir en aspectos que entran en conflicto con la exigencia por la eficacia. Posiciones más equilibradas, más integradoras entre lo que el ser humano necesita como tal y lo que es importante de cara a seguir creciendo como sociedad y especie, algo que va, queramos o no, íntimamente relacionado.

Alejandro Martín

La “caida” emocional en la adolescencia (y en otras crisis)

8 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 2 comentariosComentarios
Imagen de la película "Alicia en el País de las Maravillas" por Tim Burton

Alicia en el País de las Maravillas por Tim Burton

Toda época de cambio y transformación personal conlleva emociones más intensas en general, además de una mayor presencia de sentimientos desagradables. En estudios muy interesantes con adolescentes, en los que se sigue un método de muestreo que consiste en registrar sus emociones y experiencias en distintos e inesperados momentos del día, se ha demostrado que se sienten más del doble de veces que sus padres: acomplejados, avergonzados, torpes, solos, nerviosos e ignorados. 

Algunos expertos hablan de la “caida” emocional que se sufre durante el paso de la preadolescencia a la adolescencia, al haberse demostrado una disminución de los momentos “felices” en un 50% y en una proporción similar, una disminución del sentimiento de orgullo y de percepción de control. ¿Pero por qué?

 La caida emocional es el resultado de la evolución, de la transformación. Hay gran acuerdo en considerar que tanto los cambios tan espectaculares a nivel biológico como la confusión de identidad tienen que ver con esta “tormenta” emocional, pero si profundizamos un poco en la situación experiencial que atraviesa el adolescente podremos llegar a comprender mejor sus sentimientos.

 El preadolescente tiene una mayor capacidad para pensar sobre el propio pensamiento -metacognición-, lo que implica una gran ventaja respecto a la niñez, no sólo por permitirle resolver problemas más complejos sino también por tener mayor capacidad para relacionarse consigo mismo. Esta conciencia de sí mismo es una base ideal para saber de dónde parte, quién es, mejorarse y controlar voluntariamente su evolución pero es, a su vez, un arma de doble filo porque también tomará contacto con sus limitaciones: su aspecto y posibilidades de aceptación, su lugar en el grupo y popularidad, sus competencias y posibilidades de control, sus apoyos y probabilidades de evolución… Desde esta nueva perspectiva, deben tomar decisiones respecto al futuro por primera vez en su vida. Por eso dudan tanto, cambian de idea constantemente, prueban, ensayan. Les preocupa no ser capaces de alcanzar sus metas, decepcionar, no ser aceptados, no tener éxito. Son muchas las áreas de la identidad que están en juego, entre ellas la aceptación sexual y afectiva, y con los enamoramientos: sorpresa, euforia, excitación, angustia, decepción, tristeza, miedo…

Para colmo, esta mayor conciencia de sí mismo y del futuro todavía no está acompañada de la sabiduría de la experiencia y por ello, observaremos que tiende a hacer valoraciones absolutistas de los resultados: es el todo o nada,  tengo éxito o fracaso, no hay posibilidad intermedia. De ahí las graves preocupaciones que les acechan cuando los resultados no les favorecen. Los pequeños fallos pueden vivirlos como grandes fracasos. Los razonamientos todavía les ayudan poco porque el control emocional está en una fase de inmadurez, la parte del cerebro que se encarga de razonar, planificar y dirigir se está “conectando” todavía con un cerebro emocional hiperactivado.

Esta es la época de la vida en la que la autoestima está más variable, lo cual es muy normal porque las competencias y posibilidades de control como decíamos están en desarrollo aún. Por ello encontaremos con mucha frecuencia una autoestima baja, un sentimiento de inferioridad, de fracaso personal y rechazo hacia sí mismo en algunos momentos, generalmente como efecto de no haber obtenido buenos resultados en algún área importante (amistad, sexualidad, estudios… ). O también, una autoestima “falsa” o “fragil” que se caracteriza por mostrarse “hiperseguros”, altivos, autosuficientes, los mejores, pero reaccionando con agresividad ante una crítica o desplomándose ante un rechazo… Para luego volver a tener una visión de sí mismos más constructiva (una buena autoestima), más abiertos a reconocer sus carencias, motivados a mejorar y con confianza en sí  mismos para lograrlo.

Todas estas alteraciones emocionales suelen ir disminuyendo hacia el final de la adolescencia. Se ha encontrado que de los 18 a los 25 años disminuyen los sentimientos de desánimo o tristeza, y los de ira, correlacionando con un desarrollo de la identidad y de la autoestima más estable y positiva, en cuanto van percibiendo control y aceptación.

La cuestión es si nuestras respuestas, como padres, educadores y cómo sociedad, facilitan la identificación, comprensión, gestión y resolución de la caida emocional. La cuestión es si les brindamos recursos para hacer una lectura natural y correcta  de sus sentimientos, de modo que no se les devuelva una imagen de sí mismos de débiles, desequilibrados o trastornados. La cuestión es si empatizamos y les facilitamos contactar con la pérdida de sus niñez, con la angustia de un futuro exigente y desconcertante, con la verguenza de una mala imagen en un momento dado, con la frustración de no conseguir lo que buscan, etc. La pregunta es si les mostramos que cada sentimiento es como una luz que alumbra aquello que es importante en la vida o por el contrario, una sombra de la que hay que huir.

Naturalmente la vida es evolución constante y, por tanto, transformación de lo que somos. Sería extraño entonces no volver a experimentar durante la vida adulta una tormenta o caida emocional, una época de gran inseguridad en la que nuestra autoestima vuelve a ser inestable. Cada vez que necesitamos transformarnos, cambiar nuestro estilo de vida, el entorno en el que vivimos, el trabajo, las personas o nuestra manera de relacionarnos (de “ser”): los sentimientos volverán a avisarnos. La cuestión es si sabremos escucharlos, si exploraremos con la curiosidad de Alicia el camino que nos marcan o, por el contrario, recurriremos a la actividad compulsiva o a los fármacos de inmediato para mitigarlos, para que no estorben, para que todo siga igual.

Entradas relacionadas

Rivales y amigos: Rutas en la construcción de la identidad

8 de Septiembre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 2 comentariosComentarios

La rivalidad, aunque nos excita en los negocios, en los deportes o juegos de competición, resulta inquietante y sospechosa en las relaciones cotidianas. Sin embargo, ahí está, inevitablemente presente en todos los contextos, constituyendo el tejido del que están hechas nuestras relaciones.

Según el Diccionario de la Real Academia, un rival es una “persona que pugna con otra por la consecución de una cosa”; pero pugnar tiene doble acepción: “reñir, luchar”, o bien, “perseverar en una solicitud, empeñarse en conseguir algo”. Me interesa mucho este doble significado porque creo que guarda relación con dos rutas en el desarrollo que tienen diferente impacto sobre el autoconcepto y el desarrollo de competencias. La rivalidad no sólo se relaciona con la competición por los recursos, sino que es algo esencial, constitutivo para la identidad. Todos hemos tenido, o seguimos teniendo, rivales, personas que ofrecen la imagen que nosotros desearíamos para sí en algún aspecto significativo, con los que nos comparamos y, gracias a ello, obtenemos una evaluación de nosotros mismos, un posicionamiento y validación social. Desde este punto de vista, podríamos decir que los rivales son necesarios, nos marcan una meta y favorecen el autoconocimiento, potenciando el desarrollo personal.

 Pero los rivales a los que me refiero no son las personas que salen por la televisión o las de gran prestigio que viven alejadas de nosotros, los rivales que cumplen una función más significativa en nuestro desarrollo están muy cerca de nosotros, generalmente solemos tener relaciones simétricas con ellos, puede ser algún hermano, un amigo, la pareja, o un compañero de escuela o del trabajo. Pueden aparecer o desaparecer en nuestra vida o haber llegado a constituirse un motivo organizador de nuestra existencia, sobre todo, cuando se trata de rivales familiares (esto incluye por supuesto al padre o la madre) o amigos.

El rival no es uno cualquiera, un mediocre, sino que por el contrario, sobresale y obtiene admiración, afecto o prestigio por algún aspecto concreto y, desde ese punto de vista, constituye un potente estímulo para la comparación y evaluación de sí mismos, en ese aspecto en particular o en general. A partir de ahí se abre la posibilidad de “hacer algo” para poner ”a salvo nuestra identidad”. Este mecanismo está presente en los niños desde muy pronto y es, en especial, la segunda infancia una época de la vida muy competitiva y en la que se desarrollan los patrones básicos de comparación y evaluación personal (que ha quedado un poco olvidada por la Psicología en este aspecto, quizá ensombrecida por el interés que siempre ha suscitado la adolescencia en el desarrollo identitario).

El punto clave es lo que sentimos y hacemos a partir del resultado negativo que arroja sobre nosotros la comparación con el rival. Se abren dos rutas diferentes según el significado que se extrae de la diferencia percibida:

A) “Se puede hacer mejor…”, “Se puede ser mejor…” Lo que conlleva una expectativa de mejora, una meta de progreso y una actitud de cambio que suele estar asociada a ensayos imitativos que conducen a progresos y resultados que pueden ser cada vez más parecidos a los que obtiene el rival. Aproximarse al rival o incluso superarlo constituye una fuente de felicidad puesto que significa que podemos ser tan buenos o mejores que alguien muy especial. Los sentimientos que acompañan y regulan este proceso son la sorpresa, la curiosidad, la admiración, la alegría y una  actitud de apertura, de confianza en uno mismo y de perseverancia en el objetivo.

B) “Yo no soy, ni seré como…”, “Yo soy inferior a…” Lo que implica una expectativa de rechazo, un temor a ser descubierto en esa inferioridad (1). La vía de actuación que aquí se abre puede ser más simple o compleja dependiendo de los recursos de la persona y está organizada en torno a una meta: demostrar que no se es inferior. Para ello y simplificando, podemos servirnos de varias estrategias:

a) Hacer constantes exhibiciones ante los demás, es decir, dedicar la energía a demostrar que somos tan buenos como el otro en tal cuestión.

b) Negar, relativizar o criticar aquellos aspectos en los que nuestro rival sobresale o a la persona en su globalidad.

c) Tirar la toalla, inhibirnos y ocultarnos ante el posible juicio de los demás.

Los sentimientos que regulan el proceso en este caso son la tristeza, la envidia, los celos, la rabia y el odio hacia uno mismo y el rival. La actitud es defensiva y/o agresiva. Esta ruta no favorece el progreso personal.

Es típico a lo largo de la infancia y de la adolescencia y, en general, durante las fases de reorganización y desarrollo identitario (durante las crisis madurativas de los adultos) que las comparaciones con otros se disparen. Aunque en algunas personas, la comparación y juicio valorativo está presente de manera constante o general, marcando un estilo o modo particular de relacionarse con el mundo, debido a la inseguridad, la vergüenza  y desconfianza aprendidas en etapas tempranas de la vida. En algunos tipos de trastornos psicológicos este mecanismo está tan automatizado que ni siquiera la persona es consciente de que vive en una perpetua comparación con otros y en juicio constante de sí mismo. La diferencia entre tomar una ruta u otra es esencial. Descubrir quiénes son nuestros rivales y el camino que estamos siguiendo nos permitirá avanzar en nuestro autoconocimiento, detectar qué nos hace vulnerables y avanzar por rutas de confianza y progreso.

BIBLIOGRAFÍA:

(1) Basado en el excelente ensayo de Carlos Castilla del Pino sobre la identidad, el sentimiento de inferioridad, la envidia y el odio, en su obra póstuma Conductas y actitudes, Tusquets, 2009.

Entradas relacionadas

YO en el espejo

21 de Julio de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

Aunque los antiguos griegos nos advirtieron de la trascendencia de cuestionarnos acerca de quiénes somos, para qué estamos aquí y cuál es el sentido de nuestra existencia, el autoconocimiento no ha conseguido calar en la vida moderna, quizá porque se ha confundido con la “espiritualidad” o simplemente porque, como confirman numerosos estudios en psicología, descubrir nuestra vulnerabilidad no es plato de buen gusto para la mayoría de las personas. Sin embargo, hoy sabemos que el autoconocimiento es un aspecto central en el desarrollo de la inteligencia emocional y social, y por lo tanto, una de las llaves para vivir con éxito en la vida.

Pero, ¿qué es conocerse a sí mismo? ¿Cómo descubrimos quienes somos? ¿En qué momento de la vida comenzamos a hacerlo?  Parece ser que conocerse implica, en primer lugar, ser consciente de uno mismo, reconocerse como una entidad única y diferente a todo lo que nos rodea. Esta conciencia ha sido considerada como uno de los grandes hitos de la evolución, ya que en la medida que somos conscientes de nosotros mismos logramos un mayor grado de control y adaptación al ambiente: al reconocernos y reflexionar sobre nosotros mismos, estamos más capacitados para protegernos y mejorarnos. Ser conscientes de quiénes somos nos permite gestionar nuestro proyecto de vida y dirigirnos hacia metas de progreso.

Descubrir cómo esta capacidad va apareciendo a lo largo de la evolución de las especies y en la vida del ser humano es, desde mi punto de vista, una de las claves para acceder a uno de los grandes enigmas de la existencia. Los estudios actuales nos van revelando que compartimos con algunos individuos de otras especies como los chimpancés, gorilas, elefantes y delfines, la posibilidad de reconocernos ante un espejo. Pero, ¿hasta qué punto? ¿En qué momento empezamos a “despegar” y logramos ser más y más conscientes de nosotros mismos y de los demás?

Philippe Rochat en su reciente e interesante libro Others in Mind: Social Origins of Self-consciousness, sugiere 6 niveles en la progresión de la consciencia de sí mismo, que describe en términos de las distintas formas que tienen los niños de reaccionar ante un espejo. Se pregunta ¿qué ven los niños cuando se miran al espejo? ¿Se ven a sí mismos o perciben a otra persona? Para averiguarlo estudian a bebés y niños hasta los cinco años, registrando lo que hacen mientras se les sitúa frente a un espejo. Se les coloca previamente una pegatina amarilla en la parte izquierda superior de la frente, considerando que si hacen ademán de tocarse e intentar quitársela será una señal de conciencia de sí mismo, ya que la pegatina está colocada en una parte no visible directamente, lo que implicaría relacionar la imagen reflejada consigo mismos. Rochat lo describe más o menos así:

Nivel 0: Confusión. El espejo se confunde con el resto del ambiente. No se diferencia como objeto, es una mera extensión del mundo, no un reflejo del mismo. Los pájaros ejemplificarían este nivel chocando contra las ventanas o también los perros, gatos y otros muchos animales, al adoptar actitudes defensivas o de juego ante la imagen que ven reflejada.

Nivel 1: Diferenciación. Lo que se ve en el espejo es algo diferente a lo demás. El espejo comienza a aparecer como una herramienta para reflejar, se percatan de la contingencia entre lo que ven reflejado y las sensaciones procedentes de los propios movimientos. Esto implica según Rochat, una diferenciación perceptual entre la experiencia de los movimientos corporales reflejados en el espejo y la experiencia directa de otras entidades que se mueven en el ambiente.

Nivel 2: Ubicación (Situation). Ahora el niño es capaz de explorar la relación entre los movimientos reflejados y la experiencia propioceptiva. Se trata de un paso más allá: se explora cómo la experiencia del propio cuerpo se relaciona con la imagen reflejada, una imagen que está “ahí fuera”, una retroalimentación de la experiencia corporal sentida. Aparecen los primeros signos de una actitud contemplativa ante el espejo. Lo que se ve está fuera, situado sobre una superficie distinta en el espacio.

Nivel 3: Identificación. Hacia los 18 meses surge el reconocimiento, la imagen es de “mí”, no de otro objeto o persona. Explora con su imagen, se da cuenta de que tiene una pegatina en la cabeza e intenta cogerla. Explora su cara y su cuerpo. Este nivel es considerado por los psicólogos evolutivos como un índice de emergencia de un concepto del self. Pero durante los tres primeros años, el “yo” que identifican en el espejo sigue siendo un enigma: oscilan entre una conciencia de sí mismos y la conciencia de ver a alguien que se les parece. Pueden usar el genérico “nené” o decir su propio nombre ante el espejo y, a la vez, extrañarse de que la imagen reflejada lleve su “misma” ropa.

Nivel 4: Permanencia. Entre los 3 y 4 años de edad, la mayoría de los niños se identifican superando el aquí y ahora. Se reconocen frente al espejo y también en distintas imágenes en películas o fografías, aunque aparezcan con ropa distinta o en contextos variados. Cuando se ven pueden decir “yo”, además de su propio nombre, sugiriendo el punto de vista de la primera persona. Se ha superado la contingencia temporal y espacial del movimiento-imagen, está emergiendo un self estable, una entidad que se representa permanente frente a los cambios de apariencia.      

Nivel 5: Autoconciencia o meta-autoconocimiento. Sobre los cuatro años pueden verse no sólo desde su propia perspectiva sino también desde la de los otros.No sólo son conscientes de quiénes son sino de cómo se presentan ante los demás. Aparece una nueva evaluación: la social. En esta etapa aparecen los sentimientos de vergüenza y orgullo. Emerge un self autoconsciente.

El autoconocimieto se desarrolla  de forma paralela e interdependiente al conocimiento de los otros. La primera y tercera perspectiva estará presente toda la vida, constituyendo los anclajes de la identidad. El ser humano tendrá que lidiar con dos fuentes de información sobre sí mismo: la que procede de sus propias percepciones, sensaciones y emociones y la de los otros, acerca de sí mismo. Esas dos fuentes estarán siempre en conflicto, ésa es nuestra naturaleza. Los humanos tendremos que ir construyendo una identidad, una imagen social, que será resultado de una negociación entre dos necesidades básicas: mantener el vínculo con los demás y poder expresarnos tal como somos, asegurando así nuestra autonomía, el progreso y la diversidad en nuestra especie. Shakespeare lo resumió con gran belleza y clarividencia en Hamlet:

Ser o no ser… esa es la cuestión”.