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¿NECESITAMOS LÍDERES?

27 de Julio de 2011
Publicado por Esperanza López Marcos | 1 comentarioComentarios

Los acontecimientos de los últimos meses- el movimiento 15 M, las elecciones municipales, las dimisiones recientes de políticos imputados, la matanza de Noruega-  me hacen reflexionar sobre la necesidad de tener líderes en nuestros días.

Para esta reflexión necesito, primero, analizar lo que significa liderazgo. Es la capacidad que tiene una persona de influir en  otras para que estas dirijan sus esfuerzos hacia un objetivo común. Es decir, la conducta de una persona debe ser capaz de modificar las de otras en la dirección que el líder desea.

Los últimos estudios sobre el tema, ponen de manifiesto que los nuevos modelos de liderazgo, se apoyan en “valores ideológicos y morales, contenidos simbólicos, mensajes visionarios e inspiradores, autoconciencia, sentimientos y emociones” (sic Gil y cols, 2011). Las principales teorías que desarrollan estos principios son las del liderazgo transformacional y carismático, que desde los años 80 han demostrado ser las formas de liderazgo que mayor satisfacción producen en los seguidores.

Este, se trata de un liderazgo moral, donde el líder estimula a su grupo para ir más allá de las expectativas de su tarea y favorece una conciencia grupal que supera los intereses personales para enfocarse en los intereses del colectivo, comprometiéndose así con el logro de una visión y misión compartida. Es una forma de altruismo, ya que va más allá de la visión de uno mismo para obtener un beneficio común.

Ahora me pregunto:

¿Tenemos en la actualidad lideres sociales de estas características?, si no es así, ¿Son necesarios los líderes morales en nuestro contexto social y global?.

Por mi experiencia, parece que en las empresas y organizaciones se tiende cada vez más a fomentar este tipo de dirección en la que se valora el capital humano como la mejor forma de optimizar los resultados empresariales.

Pero socialmente, creo que existe una carencia de personas que puedan estimular valores superiores a las necesidades individuales, que nos motiven a implicarnos para buscar soluciones creativas a nuestros problemas cotidianos.

Quizás el movimiento 15M, reivindica nuestra capacidad para tomar iniciativas y unirnos para mejorar  la sociedad, pero pienso que se necesitan personas que transmitan con ilusión y honestidad la confianza en que podemos hacer un mundo mejor, influyendo cada uno en su microespacio social.

Es posible que la era de los grandes líderes haya pasado, no importa, no necesitamos estrellas, ni grandes gurús, necesitamos personas como nosotros que  nos entusiasmen en un proyecto común.

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Conferencia-Debate en Nexo: “Comunicación en primates”

6 de Mayo de 2011
Publicado por Pilar Barbado Nieto | Sin comentariosComentarios

Estuvo con nosotros en Nexo Pablo Herreros, primatólogo, presidente de la Asociación Española para la Investigación y Divulgación de la Evolución Humana y la conducta animal, e investigador en el Parque de Cabárceno. Cantabria.

Pablo Herreros  enfocó su conferencia desde el punto de vista de que el estudio de las especies más cercanas al hombre filogenéticamente  puede ayudarnos a seguir la pista al origen de algunos de los comportamientos que consideramos más humanos, como por ejemplo,  el Lenguaje.

 Actualmente, ya sabemos que comunicarse no es sólo conducta humana.  Para todoss los organismos es interesante influir en la conducta de otros, y ésa es la principal función de la comunicación.

Pablo nos informó de un estudio de  principios de los años ochenta, realizado por Dorothy Cheney y Robert Seyfarth, en el que se proporcionaban pruebas empíricas sobre cómo un tipo de monos llevan a cabo diferentes llamadas  de alarma para avisarse unos a otros de la presencia cercana de depredadores, y de la vía por las  que éstos  se acercan:  por aire, tierra o a través de los árboles.  Estos sonidos ponen lógicamente en peligro al que los emite, de modo que en opinión de Pablo, es un comportamiento altruísta que tendría por objeto la protección del grupo. De hecho, está comprobado que esos sonidos no se producen cuando no hay congéneres a los que avisar.

Además, parece demostrado que entre primates que comparten hábitat, aprenden las señales de alarma unos de otros. Los monos diana, por ejemplo, se avisan  cuando hay seres humanos cerca.

Como sabemos, la comunicación está compuesta de vocalizaciones, pero también de gestos y posturas. Y  la discusión sobre el origen del lenguaje se divide entre los que creen que el origen  fueron los sonidos (las vocalizaciones) y los que piensan que  se encuentra en los gestos.

Entre los primeros, está Charles Darwin. Darwin creyó que el origen de la comunicación se encuentra en la expresión emocional: la vocalización procedería en primera instancia de la emoción; por ejemplo, un grito, ante la visión de un depredador, puede ser en principio una expresión de miedo por parte del emisor que a su vez sirve de señal al resto del grupo para indicar que hay un peligro. En el debate, algunos asistentes señalamos que desde el punto de vista psicológico, resulta una explicación muy fácil de aceptar. Con la repetición de la experiencia, por aprendizaje, los otros individuos del grupo habrían asociado la vocalización como señal (estímulo discriminativo, en lenguaje psicológico) de peligro y con el tiempo, se habría producido un desligamiento funcional: el emisor emitiría el grito con la intencionalidad de avisar al resto, no ya de expresar una emoción.

Sin embargo, el psicólogo Michael Tomasello defíende la hipótesis de que hay que buscar la aparición del lenguaje humano en la mímica. Tomasello basa su hípótesis en que en los grandes simios aparecen conductas de comunicación más complejas en el nivel  no verbal, algo que no ocurre con otros mamíferos que presentan repertorios de comunicación más ricos en vocalizaciones.

A continuación, Pablo nos llevó a una interesantísima reflexión, relacionando  la comunicación y el tipo de organización social en los primates. Lo ideal para que se den las condiciones que favorecen el desarrollo del lenguaje sería una organización jerárquica mas igualitaria, más ”democrática”. Este tipo de organización, en los primates, no indica ausencia de jerarquía, pero no es una jerarquía  estricta; de modo que los individuos que componen el grupo poseen capacidad para influir en los demás e incluso para derrocar con cierta facilidad al líder.  Por ejemplo, en algunos grupos hay un macho dominante, pero si no favorece la cooperación y la estabilidad del grupo, a través de su comportamiento, las hembras pueden reunirse contra él y expulsarle.

En un grupo social de estructura jerárquica muy estricta, sin embargo, donde el líder no necesita desarrolla comportamientos complejos para ser respetado y los individuos del grupo no poseen tanta capacidad   para influir en los demás ( y por lo tanto esta capacidad no se encuentra reforzada)  no sería tan funcional desarrollar recursos de comunicación.

Durante cientos de años, como sabemos, el estudio de la psicología humana desde un punto de vista naturalista fué postergado por las creencias sociales, que colocaban al hombre como amo del universo, muy por encima del resto de los animales que poblaban el planeta. La Teoría de la Evolución de Darwin situó al hombre de nuevo en su lugar de ser natural, al lado y en continuidad con las otras especies. Esto no sólo ocurre en el nivel biológico, también es así en el psicológico.

Conocer más sobre comportamiento animal es algo muy interesante para cualquiera, y desde luego, lo es para los psicólogos. Hay que recordar que Aristóteles, como precursor de la psicología científica, en su Tratado sobre el Alma, aborda el comportamiento humano desde una perspectiva absolutamente naturalista. 

 Una forma de conocer datos sobre las demás especies que nos acompañan en la Tierra, es visitar la  página de Pablo Herreros, que recomendamos:  www.somosprimates.com

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Diversidad, conflicto y liderazgo.

16 de Enero de 2011
Publicado por Francisco Cózar de Quintana | 5 comentariosComentarios

El conflicto es un fenómeno consustancial a las relaciones humanas. La amplia diversidad que existe entre las personas es el factor crítico que hace, de algún modo inevitable, que surjan diferencias cuando nos relacionamos, con el habitual componente emocional.

Al mismo tiempo, la diversidad humana es, curiosamente, el factor clave de la superioridad del equipo frente al individuo. Hoy quedan pocas dudas de que es precisamente la complementariedad y la cooperación entre las personas lo que hace al grupo más competitivo frente al individuo solo.

He aquí el gran reto de los directivos liderando a sus equipos: hacer posible que la diversidad genere creatividad, adaptabilidad ante los cambios, motivación,,,, Para lo cual, es imprescindible que el líder ofrezca a su equipo un modelo acertado en la gestión de las situaciones emocionalmente incómodas. No huye, no escapa de las emociones negativas cuando aparecen, escondiéndolas debajo de la alfombra hasta que, con el tiempo, la situación estalla.

El líder da por sentado que las personas somos distintas. Que nos mueven diferentes motivaciones, que diferimos en habilidades y conocimientos, que preferimos distintos modos de enfrentar los problemas. Estas diferencias pueden suponer una fuente de tensión, de emociones negativas entres las personas cuando trabajan juntas. Podríamos decir que el líder entiende y acepta a los individuos tal y como son, sin que por ello renuncie a influirles.

Sin duda este planteamiento es el acertado. Las emociones tienen una rezón de ser. Contempladas desde un puntos de vista evolutivo, como ya apuntó Darwin, su valor adaptativo es innegable. Las experiencias emocionales nos informan de como marchan las cosas, de si lo que sucede está en consonancia o no con nuestras motivaciones, con nuestras expectativas, con nuestro pasado, con lo que en definitiva es importante para la persona. Al mismo tiempo, cuando expresamos emociones, comunicamos a nuestros congéneres información fundamental para la convivencia. Es sin duda una torpeza ignorar una fuente de información tan crítica para el grupo, con independencia de si dicho grupo es del club social del pueblo, de un equipo de primera división o de una emprea multinacional.

En definitiva, el líder acepta de partida que el futuro del grupo no está en evitar los conflicto entre sus miembros, sino en el modo en que estos son gestionados. No experimenta frustración ante las situaciones emocionalmente incómodas entre los miembros de su equipo. Más bien se siente comprometido en ayudarles a aprender a enfrentarse a dichas situaciones. Si lo consigue, habrá dado un paso importante en que se convierta en lo que se ha dado en llamar Grupos Emocionalmete Inteligentes. Estos se caracterizan, entre otras cosas, por no esconder el conflicto interpersonal, por abordarlos de modo constructivo, generando normas para, en el futuro, resolverlos cada vez más eficazmente y que resulten el motor de nuevas ideas, la base de la innovación.

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La atención sostenida

7 de Noviembre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

Autora: Verónica Cruz

Nuestra “mente de mono” como dicen los budistas, nos lleva de un sitio para otro, hace que no podamos permanecer concentrados en algo durante más de tres minutos y para colmo, ¡estamos biológicamente preparados para atender más tiempo a las emociones negativas…!

La entropía psíquica a la que tendemos continuamente puede ser contarrestada pero hay que invertir energía en ello. La atención sostenida es el remedio al caos de nuestra mente y un ingrediente básico para disfrutar de lo que estamos haciendo y conseguir entrar en flujo.

La atención sostenida alarga los momentos de experiencia sin valorarlos. el entrenamiento consiste en concentrarnos en un conjunto de estímulos (por ejemplo, sonidos del exterior) y mantenernos un tiempo en ese estado, sin hacer interpretaciones ni juicios sobre lo que estoy percibiendo. La mente está despierta, curiosa, neutra y tranquila durante el proceso. 

Este tipo de entrenamiento posee grandes beneficios, entre ellos, se produce una mayor activación en el córtex prefrontal izquierdo (zona que se activa cuando estamos felices) y baja la actividad de la amígdala, disminuyendo las emociones de enfado y miedo.

Pero además de la armonía psicológica y el equilibrio homeostático que produce un entrenamiento continuado, la atención plena nos hace más inteligentes.

No podemos obviar que nuestra visión del mundo es una interpretación de lo que vemos, sentimos y oímos.  Lamentablemente sólo vemos aquello que estamos preparados para ver, tenemos una visión sesgada de lo que nos rodea. Pero si alargamos el tiempo de percepción sin entrar en valoraciones ni juicios, estamos estirando el tiempo de percepción objetiva.

Permanecer en los momentos de silencio donde sólo percibimos, es un paso para poder llegar a ver el mundo como es y no como queremos que sea o creemos que es. Este entrenamiento probabiliza encontrar otras perspectivas, otros puntos de vista, una realidad más compleja y más bella, más profunda y más inquietante, la realidad que nos rodea y que estamos acostumbrados a pasar por alto. Cuando somos capaces de permanecer en la atención sostenida se produce como afirma el psiquiatra J. Deikman “una desautomatización de las estructuras psicológicas que limitan, organizan, seleccionan e interpretan los estímulos perceptuales que  llegan del exterior”. Esto permite una ganancia en intensidad y riqueza sensorial. También generaremos nuevas conexiones, ya que como asegura el neuropsicólogo Richard Davidson, cualquier cambio en nuestra conducta o en nuestra forma de pensar, provocará un cambio en la función del cerebro y a continuación, en su estructura.

¿Y ésto cómo afecta en la vida cotidiana? Si esta consciencia plena y desidentificada la aplicamos a nuestras relaciones, es posible que veamos a las personas más allá de nuestras propias limitaciones, más allá de nuestros defectos y nuestras virtudes, más allá, en definitiva, de lo que somos nosotros mismos.

“Vivimos bajo una cadena que selecciona y aisla un único aspecto de la realidad”

(Matthieu Ricard)

La atención sostenida, desnuda de valoraciones y prejuicios, nos entrena para vivir intensamente a través de los sentidos, para relacionarnos sin limitaciones, para sentir plenamente la vida en toda su dimensión.

 Autora: Verónica Cruz

 Bibliografía recomendada:

-         Ricard, M. (2009) El arte de la meditación. París: Urano

-         Rubia, F. (2003)  La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiolología. Barcelona: Crítica

-         Segovia, S. (2004) Crecimiento personal: aportaciones de Oriente y Occidente. Cap. “Meditación y     Psicoterapia”.  Bilbao: Desclée de Brouwer

  

 

 

 

 

 

 

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…. y la sociedad de la rapidez

21 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 3 comentariosComentarios

Autor: Alejandro Martín

Eficacia y rapidez son dos estilos de comportamiento muy relacionados en nuestra cultura occidental; estilos en el sentido de que organizan en parte nuestra forma de “vivir” en este mundo. De cómo organiza nuestra vida la eficacia ya hablé en un artículo anterior (”La sociedad de la eficacia”). Veamos cómo organiza la rapidez distintos contextos:

Por ejemplo, en algo tan básico como la alimentación. En pleno periodo de crisis, los establecimientos de comida rápida siguen estando llenos, no hay pérdida de clientela; se siguen abriendo más. Y no sólo eso, sino que además, nos alegramos de que los tengamos cerca de nuestros lugares de trabajo; y más aún, aunque no fuera necesario comer un día “con rapidez”, seguimos acudiendo a ellos.

¿Y con el ejercicio físico?. Lo que ahora vende más es tener un entrenador personal que nos ayude a tener un cuerpo magnífico en el menor tiempo posible.

En el mundo laboral ya no vale con tomar decisiones inteligentes, o con saber persuadir-influir-convencer; hay que seguir haciéndolo, pero además, hay que hacerlo en el menor tiempo posible.

Otro contexto: las grandes ciudades frente a los pequeños pueblos o las provincias; los que viven lejos de las grandes ciudades nos ven a los que vivimos en ellas como personas que vamos a todas partes con prisa, exigiéndola además a los que nos atienden en cualquier servicio.

Miradas de aprobación…. o de envidia, comentarios delestilo “eres increíble una máquina, te superas a ti mismo”, palmaditas en la espalda, son los claros indicadores de lo mucho que importa conseguir resultados y conseguirlos rápidamente; es algo que puntúa muy alto. Por tanto, una necesidad básica del ser humano, como es la de sentirse reconocido, va a quedar muy enganchada a un actuar con rapidez. Quizá esteenganche, explique en parte cómovamos conformando a nivel individual y social este estilo.

Con todo esto, me pregunto, ¿qué ocurre entonces cuando en cada uno de nosotros se presenta un problema de salud, cuando aparece alguna dolencia física o psicológica?. Que lo vamos a enfrentar con ese mismo estilo; no vamos a aguantar mucho tiempo esa dolencia física o psicológica. Y llegamos al profesional de la salud exigiéndole que nos quite cuanto antes una migraña; de la misma forma que le exigimos que nos quite una depresión. Pero aquí tenemos un gran problema; lo físico y lo psicológico pertenecen a niveles distintos, que pueden eso sí, entrar o no en interacción, pero eso es otro tema.

Y siendo niveles distintos, los pretendemos resolver dela misma manera; “deme algo que me quite esta migraña…. esta depresión”. La química delmedicamento es (o puede ser) más indicada para equilibrar un desajuste de nuestro organismo, de nuestra biología, pero no siempre (y casi nunca) sirve para equilibrar un desajuste psicológico, porque estenivel hace referencia a las relaciones funcionales que establecemos con nuestro entorno y con nosotros mismos a través de toda nuestra historia deaprendizaje e interacción; funcionalidad que no puede ser “equilibrada” de mejor forma que mediante una reconstrucción de nuestra historia, y/o denuestras interacciones. Y esto no puede ser llevado a cabo por los medicamentos. Por tanto, resolver una “dolencia psicológica” va a requerir de algo básico: TIEMPO.

Esto es algo que debería quedar claro en la relación psicólogo-paciente; debería ser parte integrante de un buen contexto terapéutico; la realidad es distinta; muchas “terapias” surgen para dar respuesta de forma rápida a los problemas de los pacientes; desde un conductismo mal entendido, pero altamente practicado, hasta el surgimiento de otras terapias que incluso ya se denominan “breves”; ¿hemos perdido el norte?. Creo que sí, si nos fijamos en cómo se valora la eficacia de muchos de los fármacos que salen al mercado, o de terapias existentes,  donde una variable de peso es la rapidez de resultados.

Tenemos un gran desafío los que seguimos teniendo presente ese dicho de”vísteme despacio que tengo prisa”. Un desafío laborioso por lo muy imbricada que se encuentra en nuestra cultura y por, como decía anteriormente, lo mucho que puntúa esto de la rapidez.

“Una de las grandes desventajas de la prisaes que lleva demasiado tiempo” (Gilbert Keith Chesterton)

Alejandro Martín

Categoría: Nexo

La sociedad de la eficacia

16 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | Sin comentariosComentarios
Autor: Alejandro Martín

Esta afirmación no parece rebatible, cualquiera que la lea estará de acuerdo: Ser eficaz es un VALOR, una cualidad altamente demandada… y premiada. Existe una clara manifestación de exigencia en la eficacia, tenemos unos cuantos ejemplos: ¿Qué es eso de llegar a las 10 de la mañana a trabajar?… ¿Cómo es que te vas a las 6 de la tarde?… No entiendo cómo puedes estar en el sofá sin hacer nada… Vamos al “Fast food” de aquí al lado y así tardamos menos en comer… Ejemplos que denotan ir en contra de aspectos básicos  para el ser humano como el sueño, la alimentación y el descanso. Hay más ejemplos, dos actitudes claramente relacionadas:

Una de ellas es el “HACER-HACER-HACER”. Somos eficaces como jefes o como colaboradores, cuando hacemos mucho, cuando no dejamos de producir. Se nos mide sobre todo si somos o no eficaces, es decir por lo que logramos producir. Si a esto le sumamos el periodo de crisis en el que nos encontramos, cobra más valor aún. No importa tanto y, en algunos casos, incluso no importa nada, si en el camino hemos “pisoteado a alguien”.

La otra actitud relacionada es la de “ACTÚA, NO PIENSES”, que se nos dice a modo de norma cuando no nos encontramos bien, cuando estamos pasando por una mala racha. Es como si en el fondo se nos impidiera sentirnos mal. Los demás saben perfectamente que si nos permiten sentirnos mal vamos a rendir menos. Y eso, no puede ser. Si dejamos de producir se nos penaliza, al igual que se hace si paramos porque nos encontramos mal.

¿Por qué esta exigencia en ser eficaces? ¿Por qué no damos valor a la reflexión, al descanso, al poder estar en baja forma intelectual o emocional, al comer de forma nutritiva y tranquila? ¿Qué puede haber de fondo, que explique ésto?

Yo creo que lo que hay de fondo es el miedo a sentirnos vulnerables, y diría más, a ser vulnerables. Así vamos conformando unas reglas de juego donde esa vulnerabilidad se ve cortada de raiz, premiándonos por ser máquinas de producir. La vulnerabilidad se valora como algo muy negativo, asociado al error, a la catástrofe. Y qué curioso, en parte, hemos sobrevivido como especie precisamente por habernos equivocado mucho, por no haber sido eficaces en todo lo que hacíamos. Nuestra capacidad de aprendizaje hizo que del error, de la no eficacia, pudiéramos sobrevivir.

Además, sentirnos vulnerables nos ha permitido tomar más contacto con nosotros mismos, con todo nuestro potencial. Es desde ahí de donde han surgido mejoras, donde hemos innovado, donde hemos crecido. Es desde la vulnerabilidad cuando nos hacemos personas más autónomas, sabias, competentes, y nos definimos mejor como queremos ser; la “función identitaria” cobra relevancia ante la crisis. De nuevo, volvemos a ir en contra de algo inherente al ser humano, sentirnos con el derecho y permitirnos periodos de malestar, de crisis, de vulnerabilidad.

Los profesionales de la salud sabemos que esa obsesión por ser exigéntemente eficaces con todo lo que hacemos es una de las variables que más influyen de cara a desarrollar úlceras, migrañas, desequilibrios en el sueño, problemas cardiovasculares o intestinales, entre otros. Eso sí, uno no acude al profesional de la salud (psicólogo, psiquiatra, médico de cabecera) diciendo que tiene que ser eficaz, que tiene que rendir al máximo porque es lo que se espera de él, y lo que incluso espera de sí mismo, acude por los motivos nombrados anteriormente o porque ha llegado un momento en su vida en el que no sabe muy bien que le pasa, pero se encuentra bajo de tono, triste o deprimido. En muchos casos, esta lucha por rendir, por ser eficaces, está en la base de estos problemas.

LLevamos, la sociedad, empujando en la línea de la eficacia hace mucho tiempo. Pero hay quienes empiezan a empujar en otras direcciones, en el respeto al ser humano, en la promoción de hábitos saludables, en la conciliación vida personal-profesional, en la importancia de atender y cuidar lo emocional, en ir inculcando a los niños desde la escuela comportamientos basados en la cooperación y no en la competición, es decir en aspectos que entran en conflicto con la exigencia por la eficacia. Posiciones más equilibradas, más integradoras entre lo que el ser humano necesita como tal y lo que es importante de cara a seguir creciendo como sociedad y especie, algo que va, queramos o no, íntimamente relacionado.

Alejandro Martín

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La “caida” emocional en la adolescencia (y en otras crisis)

8 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 3 comentariosComentarios
Imagen de la película "Alicia en el País de las Maravillas" por Tim Burton

Alicia en el País de las Maravillas por Tim Burton

Toda época de cambio y transformación personal conlleva emociones más intensas en general, además de una mayor presencia de sentimientos desagradables. En estudios muy interesantes con adolescentes, en los que se sigue un método de muestreo que consiste en registrar sus emociones y experiencias en distintos e inesperados momentos del día, se ha demostrado que se sienten más del doble de veces que sus padres: acomplejados, avergonzados, torpes, solos, nerviosos e ignorados. 

Algunos expertos hablan de la “caida” emocional que se sufre durante el paso de la preadolescencia a la adolescencia, al haberse demostrado una disminución de los momentos “felices” en un 50% y en una proporción similar, una disminución del sentimiento de orgullo y de percepción de control. ¿Pero por qué?

 La caida emocional es el resultado de la evolución, de la transformación. Hay gran acuerdo en considerar que tanto los cambios tan espectaculares a nivel biológico como la confusión de identidad tienen que ver con esta “tormenta” emocional, pero si profundizamos un poco en la situación experiencial que atraviesa el adolescente podremos llegar a comprender mejor sus sentimientos.

 El preadolescente tiene una mayor capacidad para pensar sobre el propio pensamiento -metacognición-, lo que implica una gran ventaja respecto a la niñez, no sólo por permitirle resolver problemas más complejos sino también por tener mayor capacidad para relacionarse consigo mismo. Esta conciencia de sí mismo es una base ideal para saber de dónde parte, quién es, mejorarse y controlar voluntariamente su evolución pero es, a su vez, un arma de doble filo porque también tomará contacto con sus limitaciones: su aspecto y posibilidades de aceptación, su lugar en el grupo y popularidad, sus competencias y posibilidades de control, sus apoyos y probabilidades de evolución… Desde esta nueva perspectiva, deben tomar decisiones respecto al futuro por primera vez en su vida. Por eso dudan tanto, cambian de idea constantemente, prueban, ensayan. Les preocupa no ser capaces de alcanzar sus metas, decepcionar, no ser aceptados, no tener éxito. Son muchas las áreas de la identidad que están en juego, entre ellas la aceptación sexual y afectiva, y con los enamoramientos: sorpresa, euforia, excitación, angustia, decepción, tristeza, miedo…

Para colmo, esta mayor conciencia de sí mismo y del futuro todavía no está acompañada de la sabiduría de la experiencia y por ello, observaremos que tiende a hacer valoraciones absolutistas de los resultados: es el todo o nada,  tengo éxito o fracaso, no hay posibilidad intermedia. De ahí las graves preocupaciones que les acechan cuando los resultados no les favorecen. Los pequeños fallos pueden vivirlos como grandes fracasos. Los razonamientos todavía les ayudan poco porque el control emocional está en una fase de inmadurez, la parte del cerebro que se encarga de razonar, planificar y dirigir se está “conectando” todavía con un cerebro emocional hiperactivado.

Esta es la época de la vida en la que la autoestima está más variable, lo cual es muy normal porque las competencias y posibilidades de control como decíamos están en desarrollo aún. Por ello encontaremos con mucha frecuencia una autoestima baja, un sentimiento de inferioridad, de fracaso personal y rechazo hacia sí mismo en algunos momentos, generalmente como efecto de no haber obtenido buenos resultados en algún área importante (amistad, sexualidad, estudios… ). O también, una autoestima “falsa” o “fragil” que se caracteriza por mostrarse “hiperseguros”, altivos, autosuficientes, los mejores, pero reaccionando con agresividad ante una crítica o desplomándose ante un rechazo… Para luego volver a tener una visión de sí mismos más constructiva (una buena autoestima), más abiertos a reconocer sus carencias, motivados a mejorar y con confianza en sí  mismos para lograrlo.

Todas estas alteraciones emocionales suelen ir disminuyendo hacia el final de la adolescencia. Se ha encontrado que de los 18 a los 25 años disminuyen los sentimientos de desánimo o tristeza, y los de ira, correlacionando con un desarrollo de la identidad y de la autoestima más estable y positiva, en cuanto van percibiendo control y aceptación.

La cuestión es si nuestras respuestas, como padres, educadores y cómo sociedad, facilitan la identificación, comprensión, gestión y resolución de la caida emocional. La cuestión es si les brindamos recursos para hacer una lectura natural y correcta  de sus sentimientos, de modo que no se les devuelva una imagen de sí mismos de débiles, desequilibrados o trastornados. La cuestión es si empatizamos y les facilitamos contactar con la pérdida de sus niñez, con la angustia de un futuro exigente y desconcertante, con la verguenza de una mala imagen en un momento dado, con la frustración de no conseguir lo que buscan, etc. La pregunta es si les mostramos que cada sentimiento es como una luz que alumbra aquello que es importante en la vida o por el contrario, una sombra de la que hay que huir.

Naturalmente la vida es evolución constante y, por tanto, transformación de lo que somos. Sería extraño entonces no volver a experimentar durante la vida adulta una tormenta o caida emocional, una época de gran inseguridad en la que nuestra autoestima vuelve a ser inestable. Cada vez que necesitamos transformarnos, cambiar nuestro estilo de vida, el entorno en el que vivimos, el trabajo, las personas o nuestra manera de relacionarnos (de “ser”): los sentimientos volverán a avisarnos. La cuestión es si sabremos escucharlos, si exploraremos con la curiosidad de Alicia el camino que nos marcan o, por el contrario, recurriremos a la actividad compulsiva o a los fármacos de inmediato para mitigarlos, para que no estorben, para que todo siga igual.

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Empieza el cole: inteligencia emocional en la mochila

19 de Septiembre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 2 comentariosComentarios

En la vida familiar se presentan a menudo hermosas oportunidades para desarrollar nuestra inteligencia emocional. Entre ellas, los primeros días del nuevo curso escolar y, en especial, la noche antes del comienzo, son momentos muy significativos, sobre todo para los pequeños. Los niños expresan sus sentimientos al respecto aludiendo claramente a esa complejidad emocional, por un lado, la atracción por experimentar lo nuevo o volver a encontrarse con amiguitos; por otro, la amargura de la separación familiar, la obligatoriedad y la rutina, o bien, el miedo a ser rechazados o castigados.

Ya es bastante complicado para cualquiera expresar lo que se siente cuando todos los que nos rodean parecen sentir algo muy diferente. Imaginemos a un niño pequeño ante la incertidumbre del día siguiente o momentos antes de entrar en el colegio, rodeado de familiares que se comportan como si todo fuera normal y bueno. Menudo lío emocional, se contagian de la feliz expectativa con los adultos pero, a la vez, el colegio conlleva temores difíciles de explicar. 

Se trata de  una experiencia emocionalmente compleja, ambigua, que los más pequeños suelen mostrar de forma abierta, directa, describiendo sus sensaciones, ante la dificultad de poner un nombre o identificar lo que les sucede: Me duele la barriga… Muchos avanzan en la descripción del sentimiento:Tengo una pena en la tripa… Otros se sorprenden de la experiencia sentida: Tengo ganas de llorar, ¿por qué mamá?… Los que empiezan primaria ya podrán hablar de lo alegres, nerviosos, tristes o rabiosos que están por empezar o bien combinar el nombre del sentimiento con la descripción de sensaciones, como hacemos los adultos cuando nos hallamos ante una experiencia novedosa y compleja. En cualquier caso, se trata de las primeras manifestaciones de atracción y temor por la novedad, la reacción ante la incertidumbre y la consecuente preocupación por el control de las dificultades sin el paraguas protector de los padres. Por eso, se trata de un momento espléndido para enseñar a comprender la propia reacción, para gestionar inteligentemente las emociones e infundir motivación y control. Con nuestro comportamiento general nos convertimos en modelos de la actitud que se debe tomar ante la situación y, con nuestras respuestas a sus expresiones, moldeamos la relación con el acontecimiento y con los propios sentimientos.

Todos necesitamos expresar lo que sentimos pero los niños especialmente. La expresión se utiliza de un modo inconsciente como un medio principal de vinculación, comprensión y validación, es decir, para recibir apoyo, para comprobar que su percepción del mundo es verdadera, que lo que sienten es normal, acertado y útil, que nos dice algo acerca del valor del acontecimiento. El resultado que obtienen de todo ello, va configurando una estructura básica para relacionarnos con el mundo y percibir seguridad. Por eso es de máxima importancia nuestra respuesta a sus experiencias.

¿Cómo respondemos? Hay muchos modos de hacerlo, observo que la mayoría de los padres tendemos a organizarnos en torno a tres estilos muy interrelacionados de gestión emocional:

  1. Desviación de la atención y relativización: Consiste en responder a la queja hablando de otra cosa, ya sea positiva o neutra, suele añadirse algún comentario relativizador de la importancia que el niño le confiere a la experiencia debido a su insistencia. Cuando salgas del cole, vamos al parque… Mira que gracioso es esto… Eso no tiene importancia… Ya se te pasará…
  2. Negación de la experiencia: Generalmente se basa en la combinación de dos formas de presentar la realidad, una es la positiva, excluyendo de la conversación cualquier aspecto negativo que pueda residir en la experiencia sentida (ya sea compartida o desde el punto de vista subjetivo del niño); la otra, es directamente negar la experiencia del niño o atribuirla a aspectos que no guardan relación ni con la separación ni con la escuela. ¡Qué maravilla, mañana al cole, en una clase preciosa, con lo listo y lo guapo que es mi niño, qué bien lo vas a pasar…!, etc. No es verdad, ir al colegio es muy divertido… No te duele nada… Si te duele es porque has comido un helado… 
  3. Enfadarse con el niño: Consiste en exigir de manera directa o indirecta que se muestre confiado, alegre y seguro. No tienes que estar triste por ir la colegio… ¿A qué viene ponerse así…? ¡No quiero oir ni una queja por ir al colegio!… Como sigas así, se lo digo a la profesora…

Es curioso, nuestra intención como padres es que no sufra, que lo pase bien, que aprenda a ser seguro, pero con ninguna de estos modos lo logramos. En estos casos estamos rompiendo el contacto funcional, es decir, desconectando la respuesta emocional natural del hecho que la provoca (la situación nueva y extraña<->alerta emocional). Miles de años de evolución han programado nuestro cerebro para que nuestros cuerpos reaccionen ante este tipo de situaciones, provocando cambios orgánicos de tal calibre, que determina que estemos agitados, tensos, y movidos por el impulso de la evitación y la búsqueda de protección. Los niños experimentan en esos momentos el efecto de dos fuentes de información: la evaluación familiar y la “evaluación natural”, fruto del contacto con un hecho “real” como es la situación extraña. En el último caso, al enfadarnos, aunque se responde a la conexión, se castiga al niño por una reacción natural e involuntaria, reforzando la desconfianza en sí mismo y en el valor de sus emociones, lo que sembrará la idea de que alertarse es signo de debilidad o inferioridad.

En el peor de los casos no hay intención educativa, los padres no se dan cuenta de que lo que expresa el niño es importante o, peor aún, no se dan cuenta del niño, y no responden de ningún modo a sus expresiones. Cuando la falta de respuesta es la pauta general,  los niños aprenden que las emociones no sirven para nada puesto que nadie las valida, son sólo una fuente de sufrimiento, puesto que nadie las recoje y les alivia. Se ha estropeado la brújula que ha guiado a nuestra especie, a partir de entonces sólo las normas convencionales y la vida material tienen sentido.

Existe una respuesta alternativa, muy simple, pero que requiere atención, escucha y empatía, es decir, interés, amor y tiempo. Sigue más o menos estas pautas:

  1. Se observa la relación entre las manifestaciones de inseguridad del niño y el hecho: ir a la escuela.
  2. Se estable el contacto, respondiendo al niño o bien, haciéndoselo notar, mostrando cómo le vemos y oímos, la relación con lo que está sucediendo o va a suceder y nombrando el sentimiento: Así que te duele la barriga… te veo un poco triste… ¿Estas preocupado por ir al colegio?
  3. Se empatiza y valida la reacción: mostrando la relación entre el hecho y la respuesta, mostrando comprensión y normalidad: Te comprendo muy bien, hoy todos los niños se sienten igual, con un poquito de ganas a veces, y con un poquito de pena o de miedo, otras. A mí también me pasó y me sigue pasando cuando empiezo un trabajo nuevo.
  4. Se ofrece una explicación de la experiencia sentida: Siempre que vamos a un sitio nuevo o empezamos algo… siempre que vamos a estar un rato separados de las personas que más queremos… o cuando no estamos seguros de hacer bien las cosas… nuestra barriga, las piernas y la garganta nos avisan… te avisan para que pienses si lo de mañana es bueno o malo y así estar mejor preparado. Debes decirle a tu barriga que aunque mañana estarás un rato fuera de casa y con… todo irá bien.
  5. Se proyecta un objetivo: Mañana cuando estés en el colegio, quiero que te fijes muy bien en todo lo bonito y divertido… para que tu barriga aprenda muy pronto que ya no tiene porque avisarte… poco a poco te gustará y te sentirás mejor… cada día que vayas al colegio aprenderás cosas nuevas…
  6. Se refuerza el vínculo: Te queremos muchísimo y siempre estaremos juntos para ayudarte con cualquier cosa de la escuela… también te ayudará la profesora que es muy buena…
  7. Ayudamos al niño a que se relaje: Practicando algún ejercicio para ello o hablando de cosas agradables de la escuela o fuera de ella (ahora sí).

Conectar con lo que sentimos es aprender algo acerca de la realidad y de nosotros mismos. Cuando los padres hablan con sus hijos de lo que sienten les aportan herramientas esenciales para vivir, desarrollando la inteligencia emocional conjuntamente. Padres e hijos se desarrollan en paralelo, al no huir de los sentimientos (la angustia del niño y la de los padres al observarlo). 

 

Aprende a comunicar y gestionar las emociones:  Experto en Comunicación y Gestión Emocional

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YO en el espejo

21 de Julio de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

Aunque los antiguos griegos nos advirtieron de la trascendencia de cuestionarnos acerca de quiénes somos, para qué estamos aquí y cuál es el sentido de nuestra existencia, el autoconocimiento no ha conseguido calar en la vida moderna, quizá porque se ha confundido con la “espiritualidad” o simplemente porque, como confirman numerosos estudios en psicología, descubrir nuestra vulnerabilidad no es plato de buen gusto para la mayoría de las personas. Sin embargo, hoy sabemos que el autoconocimiento es un aspecto central en el desarrollo de la inteligencia emocional y social, y por lo tanto, una de las llaves para vivir con éxito en la vida.

Pero, ¿qué es conocerse a sí mismo? ¿Cómo descubrimos quienes somos? ¿En qué momento de la vida comenzamos a hacerlo?  Parece ser que conocerse implica, en primer lugar, ser consciente de uno mismo, reconocerse como una entidad única y diferente a todo lo que nos rodea. Esta conciencia ha sido considerada como uno de los grandes hitos de la evolución, ya que en la medida que somos conscientes de nosotros mismos logramos un mayor grado de control y adaptación al ambiente: al reconocernos y reflexionar sobre nosotros mismos, estamos más capacitados para protegernos y mejorarnos. Ser conscientes de quiénes somos nos permite gestionar nuestro proyecto de vida y dirigirnos hacia metas de progreso.

Descubrir cómo esta capacidad va apareciendo a lo largo de la evolución de las especies y en la vida del ser humano es, desde mi punto de vista, una de las claves para acceder a uno de los grandes enigmas de la existencia. Los estudios actuales nos van revelando que compartimos con algunos individuos de otras especies como los chimpancés, gorilas, elefantes y delfines, la posibilidad de reconocernos ante un espejo. Pero, ¿hasta qué punto? ¿En qué momento empezamos a “despegar” y logramos ser más y más conscientes de nosotros mismos y de los demás?

Philippe Rochat en su reciente e interesante libro Others in Mind: Social Origins of Self-consciousness, sugiere 6 niveles en la progresión de la consciencia de sí mismo, que describe en términos de las distintas formas que tienen los niños de reaccionar ante un espejo. Se pregunta ¿qué ven los niños cuando se miran al espejo? ¿Se ven a sí mismos o perciben a otra persona? Para averiguarlo estudian a bebés y niños hasta los cinco años, registrando lo que hacen mientras se les sitúa frente a un espejo. Se les coloca previamente una pegatina amarilla en la parte izquierda superior de la frente, considerando que si hacen ademán de tocarse e intentar quitársela será una señal de conciencia de sí mismo, ya que la pegatina está colocada en una parte no visible directamente, lo que implicaría relacionar la imagen reflejada consigo mismos. Rochat lo describe más o menos así:

Nivel 0: Confusión. El espejo se confunde con el resto del ambiente. No se diferencia como objeto, es una mera extensión del mundo, no un reflejo del mismo. Los pájaros ejemplificarían este nivel chocando contra las ventanas o también los perros, gatos y otros muchos animales, al adoptar actitudes defensivas o de juego ante la imagen que ven reflejada.

Nivel 1: Diferenciación. Lo que se ve en el espejo es algo diferente a lo demás. El espejo comienza a aparecer como una herramienta para reflejar, se percatan de la contingencia entre lo que ven reflejado y las sensaciones procedentes de los propios movimientos. Esto implica según Rochat, una diferenciación perceptual entre la experiencia de los movimientos corporales reflejados en el espejo y la experiencia directa de otras entidades que se mueven en el ambiente.

Nivel 2: Ubicación (Situation). Ahora el niño es capaz de explorar la relación entre los movimientos reflejados y la experiencia propioceptiva. Se trata de un paso más allá: se explora cómo la experiencia del propio cuerpo se relaciona con la imagen reflejada, una imagen que está “ahí fuera”, una retroalimentación de la experiencia corporal sentida. Aparecen los primeros signos de una actitud contemplativa ante el espejo. Lo que se ve está fuera, situado sobre una superficie distinta en el espacio.

Nivel 3: Identificación. Hacia los 18 meses surge el reconocimiento, la imagen es de “mí”, no de otro objeto o persona. Explora con su imagen, se da cuenta de que tiene una pegatina en la cabeza e intenta cogerla. Explora su cara y su cuerpo. Este nivel es considerado por los psicólogos evolutivos como un índice de emergencia de un concepto del self. Pero durante los tres primeros años, el “yo” que identifican en el espejo sigue siendo un enigma: oscilan entre una conciencia de sí mismos y la conciencia de ver a alguien que se les parece. Pueden usar el genérico “nené” o decir su propio nombre ante el espejo y, a la vez, extrañarse de que la imagen reflejada lleve su “misma” ropa.

Nivel 4: Permanencia. Entre los 3 y 4 años de edad, la mayoría de los niños se identifican superando el aquí y ahora. Se reconocen frente al espejo y también en distintas imágenes en películas o fografías, aunque aparezcan con ropa distinta o en contextos variados. Cuando se ven pueden decir “yo”, además de su propio nombre, sugiriendo el punto de vista de la primera persona. Se ha superado la contingencia temporal y espacial del movimiento-imagen, está emergiendo un self estable, una entidad que se representa permanente frente a los cambios de apariencia.      

Nivel 5: Autoconciencia o meta-autoconocimiento. Sobre los cuatro años pueden verse no sólo desde su propia perspectiva sino también desde la de los otros.No sólo son conscientes de quiénes son sino de cómo se presentan ante los demás. Aparece una nueva evaluación: la social. En esta etapa aparecen los sentimientos de vergüenza y orgullo. Emerge un self autoconsciente.

El autoconocimieto se desarrolla  de forma paralela e interdependiente al conocimiento de los otros. La primera y tercera perspectiva estará presente toda la vida, constituyendo los anclajes de la identidad. El ser humano tendrá que lidiar con dos fuentes de información sobre sí mismo: la que procede de sus propias percepciones, sensaciones y emociones y la de los otros, acerca de sí mismo. Esas dos fuentes estarán siempre en conflicto, ésa es nuestra naturaleza. Los humanos tendremos que ir construyendo una identidad, una imagen social, que será resultado de una negociación entre dos necesidades básicas: mantener el vínculo con los demás y poder expresarnos tal como somos, asegurando así nuestra autonomía, el progreso y la diversidad en nuestra especie. Shakespeare lo resumió con gran belleza y clarividencia en Hamlet:

Ser o no ser… esa es la cuestión”.

PODEMOS?

14 de Julio de 2010
Publicado por Esperanza López Marcos | 1 comentarioComentarios

Estoy viendo las celebraciones del mundial de fútbol y no puedo evitar compartir la alegria que se derrocha por todo el país. Hoy no existen problemas ni crisis, ni preocupaciones cotidianas. Es cierto, como dicen los medios de comunicación, que es bueno para el país tener un motivo potente de satisfaccíón colectiva que nos suba la autoestima, que nos haga creer que si nos lo proponemos podemos conseguir sueños que parecen irrealizables (en eso consiste la utopía), aunque solo sea para animar la economía tan maltrecha y que tantos disgustos nos da.

Por otra parte, a mi me gustaría que esta euforia no se quedara solo en celebraciones, me gustaría que pudiésemos aprender algo de la experiencia del equipo español. Ser los mejores del mundo les ha costado mucho esfuerzo, tensiones, trabajo duro y momentos difíciles que  solo  ellos saben valorar. A nosotros nos transmiten la fuerza, unión y humildad, desde el entrenador hasta cualquiera de los jugadores se contagia la confanza en los compañeros y el  sentido de equipo que les ha cohesionado como una piña.

Eso es lo que necesitamos en nuestro país para enfrentar los problemas y salir adelante. Quizás sea la lección que deberían aprender nuestros políticos: hacer ventaja de las diferencias, sumar fuerzas en lugar de enfrentarlas, transmitir confianza a los ciudadanos en que podemos juntos mejorar las cosas. Las personas enfrentan mejor los sufrimientos cuando se sienten parte de un todo que tiene un objetivo común. Así se construye la identidad como nación.

Nosotros que en Nexo enseñamos trabajo en equipo, tenemos que saber aprovechar lo que hemos visto, ya que hacemos análisis de la conducta humana y disfrutamos con ello, tenemos la obligación de transmitir, en cada trabajo, que es mejor colaborar que competir, formar equipo que dividir, ser líderes motivadores que líderes tiburones. Puede que sea nuestro grano de arena para construir, juntos, una realidad mejor.

Yo creo que PODEMOS!!!

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