Vida posible
6 de Marzo de 2013“La vida que es ante todo lo que podemos ser, vida posible, es también y por lo mismo, decidir entre posibilidades lo que en efecto vamos a ser. Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia-las posibilidades-es lo que de nuestra vida nos es dado e impuesto. Ello constituye lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable; en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esta fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada. …En vez de imponernos una trayectoria nos impone varias y, consecuentemente, nos fuerza… a elegir… vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en el mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión”. (José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas”, 1929).
Quisiera analizar este texto desde la mirada de un psicólogo clínico. El autor nos describe en unas breves e impecables líneas, lo que nosotros, en la aplicación profesional, llamamos análisis funcional de la conducta. Sí la frase: “Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida” la cambiamos por: -situación estimular y conducta, determinan la vida del individuo-; estamos hablando de lo mismo. Principio básico, de la ciencia de la conducta. La situación estimular nos viene dada, no es elegible, “…en un mundo determinado e incanjeable; en este de ahora”. La capacidad de reacción (“decisiones”), ante estas situaciones (“circunstancias o posibilidades”) nos permiten elegir entre distintas vidas, en esto consiste nuestra libertad (“…forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en el mundo”).
En la educación de cada individuo es conveniente aprender las habilidades suficiente para hacer elecciones, que es un continuo en todas las vidad (“ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión”). No aprender, a lidiar con esta realidad, puede acarrearnos muchas dificultades emocionales, impidiéndonos llevar una vida sana. Sintiéndonos incapaces de hacer buenas elecciones, por temor a ser responsables de las consecuencia, si nos equivocamos. O el extremo contrario, tomar demasidas decisiones alocadas, sin reparar en lo que venga después. En la práctica profesinal del psicólogo nos encontramos con personas que nos relatan sus dificultades en uno u otro polo. Es decir, tanto por tomar decisiones sin reflexión, como reflexionar en exceso. Ni una ni otra situación es acertada. Evaluar, analizar y proponer algunos cambios comportamentales puede evitar sufrimientos. Necesitamos tener modelos de los que aprender a tomar decisiones, necesitamos herramientas para saber que nos conviene y en base a qué.
Algunas formas irresponsables de resolver, consisten en: pedir constantemente, el acuerdo y/o consentimiento de otro; agarrarse ferreamente a unas normas preestablecidas, heredadas, sin reflexión: -toda actuación que mantenga la norma, es buena; todo lo que la contradiga, es malo-; buscar continuos argumentos sin atreverse a actuar, quedándose atrapados, bloqueados; jugárselo a los dados. Todas estas maneras de actuar, (”decidir“), nos impide sentir que somos dueños de nuestra vida (”vida posible“). En cambio, hay otra forma responsable, en la que basar nuestras decisiones, que nos acerca más a ese sentimiento grato de conducir nuestra existencia: analizar las ventajas e inconvenientes de mis circunstancias (”mis posibilidades de vida“), elegir una, ponerla a prueba, tener en cuenta que me puedo equivocar, y disfrutar y/o asumir las consecuencias.
Para concluir diré, que a mi parecer, cuantas más decisiones responsables tomamos, en nuestra vida posible, más conscientes somos de dirigirla. Y esto debe ser bueno.
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