Hoy nos sacude, de nuevo, el dolor por tantos desaparecidos y heridos por el terremoto en China, pero sorprendentemente, en muy poco tiempo dejarán de ser un estímulo para nosotros. Los días que siguieron al 12 de enero de este mismo año, Haití fue objeto de atención e interés por haber sufrido una de las mayores catástrofes naturales de la historia de la humanidad en los últimos años. Contemplamos con compasión imágenes terribles, escuchamos lamentos y leímos la triste historia que el terremoto desveló, la de un país arruinado, endeudado y corrompido. Los medios nos pusieron en contacto con el sufrimiento de miles de personas y de ese contacto brotaron emociones cercanas al dolor de los haitianos y sentimientos empáticos hacia cientos de niños perdidos y personas sin hogar, que desembocaron en adopciones, ayudas económicas y masivos intentos de ayuda.
Hoy, sólo han pasado tres meses y en los medios, Haití ya no existe. Es necesaria la visita de alguien famoso para que vuelva a ser noticia. Sin embargo, hoy, los haitianos sufren el duelo por la pérdida más grande que pueda experimentar un ser humano: la pérdida de los seres queridos, de su casa, de su empleo, de su pueblo, de su país, de una identidad y sentido a su existencia. Necesitan volver a hacerse a sí mismos, y es fundamental que no nos olvidemos de ellos porque sólo la sensibilidad de todos los ciudadanos, la opinión pública, la presión a los gobiernos, puede hacer que Haití siga siendo importante para el mundo. La cuestión es ésta: ¿Sin imágenes, sin noticias, somos capaces de seguir empatizando con las víctimas de las catástrofes y mantener la ayuda?
Los estudios en psicología sobre la empatía y el altruismo nos pueden ayudar a aclarar esta cuestión. Para empezar, la relación entre emoción empática y ayuda está confirmada. Pero la probabilidad de prestar ayuda es mayor si:
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existe una semejanza entre la víctima y el observador;
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si se tiene información de la gravedad del sufrimiento de las víctimas;
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si se observan directamente las expresiones (sobre todo de la cara y de la voz) de malestar de la víctima, lo que favorece el contagio emocional;
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si se percibe en uno mismo una excitación emocional ante la presencia de la víctima y se atribuye a la misma.
Uno de los psicólogos más importantes en el estudio de la empatía y el altruismo, Batson, junto con sus colaboradores, sostiene que cuando el contacto con las víctimas suscita reacciones emocionales (alarma, enfado, malestar, aflicción, etc.) las motivaciones son egoístas, encaminadas a reducir el propio malestar; mientras que cuando se suscitan reacciones que tienen más que ver con la empatía (simpatía, compasión, bondad o ternura), las motivaciones son altruistas.Se ha visto que cuando la yuda resulta costosa, los sujetos que experimentan un predominio de malestar personal al contemplar a las víctimas, tienen una tendencia significativamente menor a ayudar. A su vez, la facilidad de escapar de la presencia del sufrimiento de otros aumenta la probabilidad de no ayuda. Para el caso, esto sería equivalente a cambiar de canal ante el impacto que nos pueda causar las imágenes de un terrermoto.
La posibilidad de reccionar de un modo u otro no sólo depende de la gravedad del sufrimeinto observado en otros o de la familiaridad, sino fundamentalmente del desarrollo moral de la persona. Hoffman, otro psicólogo importante en este tema, encontró que en los niños a partir del segundo año, eran capaces de reaccionar con una empatía cuasiegocéntrica ante el malestar ajeno, reaccionando emocionalmente de un modo similar a la víctima y llevando a cabo una conducta de ayuda que se caracteriza precisamente por servir también de alivio a sí msmo. En esta etapa, los niños dependen de claves emocionales muy discriminativas, esto quiere decir, que necesitan “ver” a otro en situaión de malestar. La maduración en la capacidad de empatizar se demuestra cuando el niño o el adolescente es capaz de reaccionar emocionalmente con menos intensidad que la propia vícitma y de responder ayudando de un modo ajustado a las necesidades del otro, diferentes a las de uno mismo, y sin necesidad de “ver” el sufrimiento en el otro. Este desarrollo es el que nos capacita para ponernos en el lugar no sólo de una persona sino de un grupo o pueblo, aunque sea diferente al nuestro, tomar contacto con sus circunstancias vitales, aunque ya no tengamos referencias directas de sus expresiones de malestar. El desarrollo de la empatía depende completamente de la educación emocional en la familia y la escuela.
Desde mi punto de vista, la mayor parte de nuestra sociedad se encuentra en el periodo cuasiegocéntrico que señala Hoffman, por tanto, somos extremadamente dependientes de la información directa, necesitamos “ver” y “oir” que otros sufren y entonces ayudar, aunque principalmente lo hagamos para aliviar el propio malestar o sentirnos mejores personas. Por desgracia, hay muchos “Haities” en el mundo y poca madurez emocional en la sociedad, pero educando a nuestros hijos con empatía estamos creando las bases de una sociedad futura compasiva. No es tan dificil, en realidad todos los primates estamos programados para colaborar, para ayudarnos, así que más bien lo que necesitamos es dejar que nuestras raices naturales emerjan, eliminando los obstáculos de la sociedad de la prisa, del consumo y del placer a corto plazo, que nos mantienen en un infantilismo crónico y nos impide desarrollarnos moralmente.
Bibliografía recomendada:
Hoffman, M.L. (2000): Desarrollo moral y empatía. Barcelona: Idea Universitaria, 2000
Einsenberg, N. y Strayer, J. (1987): La empatía y su desarrollo. Bilbao: Desclee de Brower, 1992
Peterson, C. y Seligman, M.: Charácter strenghs and virtues. (Para leer rresumen en español: aquí)