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La “caida” emocional en la adolescencia (y en otras crisis)

8 de Octubre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 2 comentariosComentarios
Imagen de la película "Alicia en el País de las Maravillas" por Tim Burton

Alicia en el País de las Maravillas por Tim Burton

Toda época de cambio y transformación personal conlleva emociones más intensas en general, además de una mayor presencia de sentimientos desagradables. En estudios muy interesantes con adolescentes, en los que se sigue un método de muestreo que consiste en registrar sus emociones y experiencias en distintos e inesperados momentos del día, se ha demostrado que se sienten más del doble de veces que sus padres: acomplejados, avergonzados, torpes, solos, nerviosos e ignorados. 

Algunos expertos hablan de la “caida” emocional que se sufre durante el paso de la preadolescencia a la adolescencia, al haberse demostrado una disminución de los momentos “felices” en un 50% y en una proporción similar, una disminución del sentimiento de orgullo y de percepción de control. ¿Pero por qué?

 La caida emocional es el resultado de la evolución, de la transformación. Hay gran acuerdo en considerar que tanto los cambios tan espectaculares a nivel biológico como la confusión de identidad tienen que ver con esta “tormenta” emocional, pero si profundizamos un poco en la situación experiencial que atraviesa el adolescente podremos llegar a comprender mejor sus sentimientos.

 El preadolescente tiene una mayor capacidad para pensar sobre el propio pensamiento -metacognición-, lo que implica una gran ventaja respecto a la niñez, no sólo por permitirle resolver problemas más complejos sino también por tener mayor capacidad para relacionarse consigo mismo. Esta conciencia de sí mismo es una base ideal para saber de dónde parte, quién es, mejorarse y controlar voluntariamente su evolución pero es, a su vez, un arma de doble filo porque también tomará contacto con sus limitaciones: su aspecto y posibilidades de aceptación, su lugar en el grupo y popularidad, sus competencias y posibilidades de control, sus apoyos y probabilidades de evolución… Desde esta nueva perspectiva, deben tomar decisiones respecto al futuro por primera vez en su vida. Por eso dudan tanto, cambian de idea constantemente, prueban, ensayan. Les preocupa no ser capaces de alcanzar sus metas, decepcionar, no ser aceptados, no tener éxito. Son muchas las áreas de la identidad que están en juego, entre ellas la aceptación sexual y afectiva, y con los enamoramientos: sorpresa, euforia, excitación, angustia, decepción, tristeza, miedo…

Para colmo, esta mayor conciencia de sí mismo y del futuro todavía no está acompañada de la sabiduría de la experiencia y por ello, observaremos que tiende a hacer valoraciones absolutistas de los resultados: es el todo o nada,  tengo éxito o fracaso, no hay posibilidad intermedia. De ahí las graves preocupaciones que les acechan cuando los resultados no les favorecen. Los pequeños fallos pueden vivirlos como grandes fracasos. Los razonamientos todavía les ayudan poco porque el control emocional está en una fase de inmadurez, la parte del cerebro que se encarga de razonar, planificar y dirigir se está “conectando” todavía con un cerebro emocional hiperactivado.

Esta es la época de la vida en la que la autoestima está más variable, lo cual es muy normal porque las competencias y posibilidades de control como decíamos están en desarrollo aún. Por ello encontaremos con mucha frecuencia una autoestima baja, un sentimiento de inferioridad, de fracaso personal y rechazo hacia sí mismo en algunos momentos, generalmente como efecto de no haber obtenido buenos resultados en algún área importante (amistad, sexualidad, estudios… ). O también, una autoestima “falsa” o “fragil” que se caracteriza por mostrarse “hiperseguros”, altivos, autosuficientes, los mejores, pero reaccionando con agresividad ante una crítica o desplomándose ante un rechazo… Para luego volver a tener una visión de sí mismos más constructiva (una buena autoestima), más abiertos a reconocer sus carencias, motivados a mejorar y con confianza en sí  mismos para lograrlo.

Todas estas alteraciones emocionales suelen ir disminuyendo hacia el final de la adolescencia. Se ha encontrado que de los 18 a los 25 años disminuyen los sentimientos de desánimo o tristeza, y los de ira, correlacionando con un desarrollo de la identidad y de la autoestima más estable y positiva, en cuanto van percibiendo control y aceptación.

La cuestión es si nuestras respuestas, como padres, educadores y cómo sociedad, facilitan la identificación, comprensión, gestión y resolución de la caida emocional. La cuestión es si les brindamos recursos para hacer una lectura natural y correcta  de sus sentimientos, de modo que no se les devuelva una imagen de sí mismos de débiles, desequilibrados o trastornados. La cuestión es si empatizamos y les facilitamos contactar con la pérdida de sus niñez, con la angustia de un futuro exigente y desconcertante, con la verguenza de una mala imagen en un momento dado, con la frustración de no conseguir lo que buscan, etc. La pregunta es si les mostramos que cada sentimiento es como una luz que alumbra aquello que es importante en la vida o por el contrario, una sombra de la que hay que huir.

Naturalmente la vida es evolución constante y, por tanto, transformación de lo que somos. Sería extraño entonces no volver a experimentar durante la vida adulta una tormenta o caida emocional, una época de gran inseguridad en la que nuestra autoestima vuelve a ser inestable. Cada vez que necesitamos transformarnos, cambiar nuestro estilo de vida, el entorno en el que vivimos, el trabajo, las personas o nuestra manera de relacionarnos (de “ser”): los sentimientos volverán a avisarnos. La cuestión es si sabremos escucharlos, si exploraremos con la curiosidad de Alicia el camino que nos marcan o, por el contrario, recurriremos a la actividad compulsiva o a los fármacos de inmediato para mitigarlos, para que no estorben, para que todo siga igual.

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Empieza el cole: inteligencia emocional en la mochila

19 de Septiembre de 2010
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

En la vida familiar se presentan a menudo hermosas oportunidades para desarrollar nuestra inteligencia emocional. Entre ellas, los primeros días del nuevo curso escolar y, en especial, la noche antes del comienzo, son momentos muy significativos, sobre todo para los pequeños. Los niños expresan sus sentimientos al respecto aludiendo claramente a esa complejidad emocional, por un lado, la atracción por experimentar lo nuevo o volver a encontrarse con amiguitos; por otro, la amargura de la separación familiar, la obligatoriedad y la rutina, o bien, el miedo a ser rechazados o castigados.

Ya es bastante complicado para cualquiera expresar lo que se siente cuando todos los que nos rodean parecen sentir algo muy diferente. Imaginemos a un niño pequeño ante la incertidumbre del día siguiente o momentos antes de entrar en el colegio, rodeado de familiares que se comportan como si todo fuera normal y bueno. Menudo lío emocional, se contagian de la feliz expectativa con los adultos pero, a la vez, el colegio conlleva temores difíciles de explicar. 

Se trata de  una experiencia emocionalmente compleja, ambigua, que los más pequeños suelen mostrar de forma abierta, directa, describiendo sus sensaciones, ante la dificultad de poner un nombre o identificar lo que les sucede: Me duele la barriga… Muchos avanzan en la descripción del sentimiento:Tengo una pena en la tripa… Otros se sorprenden de la experiencia sentida: Tengo ganas de llorar, ¿por qué mamá?… Los que empiezan primaria ya podrán hablar de lo alegres, nerviosos, tristes o rabiosos que están por empezar o bien combinar el nombre del sentimiento con la descripción de sensaciones, como hacemos los adultos cuando nos hallamos ante una experiencia novedosa y compleja. En cualquier caso, se trata de las primeras manifestaciones de atracción y temor por la novedad, la reacción ante la incertidumbre y la consecuente preocupación por el control de las dificultades sin el paraguas protector de los padres. Por eso, se trata de un momento espléndido para enseñar a comprender la propia reacción, para gestionar inteligentemente las emociones e infundir motivación y control. Con nuestro comportamiento general nos convertimos en modelos de la actitud que se debe tomar ante la situación y, con nuestras respuestas a sus expresiones, moldeamos la relación con el acontecimiento y con los propios sentimientos.

Todos necesitamos expresar lo que sentimos pero los niños especialmente. La expresión se utiliza de un modo inconsciente como un medio principal de vinculación, comprensión y validación, es decir, para recibir apoyo, para comprobar que su percepción del mundo es verdadera, que lo que sienten es normal, acertado y útil, que nos dice algo acerca del valor del acontecimiento. El resultado que obtienen de todo ello, va configurando una estructura básica para relacionarnos con el mundo y percibir seguridad. Por eso es de máxima importancia nuestra respuesta a sus experiencias.

¿Cómo respondemos? Hay muchos modos de hacerlo, observo que la mayoría de los padres tendemos a organizarnos en torno a tres estilos muy interrelacionados de gestión emocional:

  1. Desviación de la atención y relativización: Consiste en responder a la queja hablando de otra cosa, ya sea positiva o neutra, suele añadirse algún comentario relativizador de la importancia que el niño le confiere a la experiencia debido a su insistencia. Cuando salgas del cole, vamos al parque… Mira que gracioso es esto… Eso no tiene importancia… Ya se te pasará…
  2. Negación de la experiencia: Generalmente se basa en la combinación de dos formas de presentar la realidad, una es la positiva, excluyendo de la conversación cualquier aspecto negativo que pueda residir en la experiencia sentida (ya sea compartida o desde el punto de vista subjetivo del niño); la otra, es directamente negar la experiencia del niño o atribuirla a aspectos que no guardan relación ni con la separación ni con la escuela. ¡Qué maravilla, mañana al cole, en una clase preciosa, con lo listo y lo guapo que es mi niño, qué bien lo vas a pasar…!, etc. No es verdad, ir al colegio es muy divertido… No te duele nada… Si te duele es porque has comido un helado… 
  3. Enfadarse con el niño: Consiste en exigir de manera directa o indirecta que se muestre confiado, alegre y seguro. No tienes que estar triste por ir la colegio… ¿A qué viene ponerse así…? ¡No quiero oir ni una queja por ir al colegio!… Como sigas así, se lo digo a la profesora…

Es curioso, nuestra intención como padres es que no sufra, que lo pase bien, que aprenda a ser seguro, pero con ninguna de estos modos lo logramos. En estos casos estamos rompiendo el contacto funcional, es decir, desconectando la respuesta emocional natural del hecho que la provoca (la situación nueva y extraña<->alerta emocional). Miles de años de evolución han programado nuestro cerebro para que nuestros cuerpos reaccionen ante este tipo de situaciones, provocando cambios orgánicos de tal calibre, que determina que estemos agitados, tensos, y movidos por el impulso de la evitación y la búsqueda de protección. Los niños experimentan en esos momentos el efecto de dos fuentes de información: la evaluación familiar y la “evaluación natural”, fruto del contacto con un hecho “real” como es la situación extraña. En el último caso, al enfadarnos, aunque se responde a la conexión, se castiga al niño por una reacción natural e involuntaria, reforzando la desconfianza en sí mismo y en el valor de sus emociones, lo que sembrará la idea de que alertarse es signo de debilidad o inferioridad.

En el peor de los casos no hay intención educativa, los padres no se dan cuenta de que lo que expresa el niño es importante o, peor aún, no se dan cuenta del niño, y no responden de ningún modo a sus expresiones. Cuando la falta de respuesta es la pauta general,  los niños aprenden que las emociones no sirven para nada puesto que nadie las valida, son sólo una fuente de sufrimiento, puesto que nadie las recoje y les alivia. Se ha estropeado la brújula que ha guiado a nuestra especie, a partir de entonces sólo las normas convencionales y la vida material tienen sentido.

Existe una respuesta alternativa, muy simple, pero que requiere atención, escucha y empatía, es decir, interés, amor y tiempo. Sigue más o menos estas pautas:

  1. Se observa la relación entre las manifestaciones de inseguridad del niño y el hecho: ir a la escuela.
  2. Se estable el contacto, respondiendo al niño o bien, haciéndoselo notar, mostrando cómo le vemos y oímos, la relación con lo que está sucediendo o va a suceder y nombrando el sentimiento: Así que te duele la barriga… te veo un poco triste… ¿Estas preocupado por ir al colegio?
  3. Se empatiza y valida la reacción: mostrando la relación entre el hecho y la respuesta, mostrando comprensión y normalidad: Te comprendo muy bien, hoy todos los niños se sienten igual, con un poquito de ganas a veces, y con un poquito de pena o de miedo, otras. A mí también me pasó y me sigue pasando cuando empiezo un trabajo nuevo.
  4. Se ofrece una explicación de la experiencia sentida: Siempre que vamos a un sitio nuevo o empezamos algo… siempre que vamos a estar un rato separados de las personas que más queremos… o cuando no estamos seguros de hacer bien las cosas… nuestra barriga, las piernas y la garganta nos avisan… te avisan para que pienses si lo de mañana es bueno o malo y así estar mejor preparado. Debes decirle a tu barriga que aunque mañana estarás un rato fuera de casa y con… todo irá bien.
  5. Se proyecta un objetivo: Mañana cuando estés en el colegio, quiero que te fijes muy bien en todo lo bonito y divertido… para que tu barriga aprenda muy pronto que ya no tiene porque avisarte… poco a poco te gustará y te sentirás mejor… cada día que vayas al colegio aprenderás cosas nuevas…
  6. Se refuerza el vínculo: Te queremos muchísimo y siempre estaremos juntos para ayudarte con cualquier cosa de la escuela… también te ayudará la profesora que es muy buena…
  7. Ayudamos al niño a que se relaje: Practicando algún ejercicio para ello o hablando de cosas agradables de la escuela o fuera de ella (ahora sí).

Conectar con lo que sentimos es aprender algo acerca de la realidad y de nosotros mismos. Cuando los padres hablan con sus hijos de lo que sienten les aportan herramientas esenciales para vivir, desarrollando la inteligencia emocional conjuntamente. Padres e hijos se desarrollan en paralelo, al no huir de los sentimientos (la angustia del niño y la de los padres al observarlo). 

 

Aprende a comunicar y gestionar las emociones:  Experto en Comunicación y Gestión Emocional

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La bofetada

25 de Enero de 2009
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

El chaval sacaba malas notas y la madre ya no sabía qué hacer con él. Las insistencias, los enfados, las amenazas y los gritos, de poco servían. La bofetada al menos ayudaba de vez en cuando, ya que el gesto de arrepentimiento o cierta sumisión inmediata provocaba. Pero al poco, las cosas seguían como siempre, de estudios y deberes nada. Pero aquel día que perdió la paciencia, el cachete siguió un camino inesperado. Ella no quería dañar a su hijo así, pero eso es lo que puede suceder cuando se pega a alguien. Eso y lo que vendría después, esa pesadilla de la denuncia, los medios, la carcel y la separación de su familia. De los deberes escolares, nada más se supo.

María del Saliente Alonso, que así se llama la madre de Jaén que pegó a su hijo en la cabeza por los deberes escolares, ha sido condenada a 67 días de carcel y un año y 67 días de alejamiento de su hijo, a la vez que se ha solicitado el indulto de la pena de alejamiento para evitar las “consecuencias perjudiciales” que pudiera tener sobre los hijos, que al fín y al cabo son a los que se pretende educar.

Montaigne dijo: No se corrige al que se ahorca, sino a los que contemplan al ahorcado. ¿Pero que hemos aprendido de esto? ¿qué ha aprendido el chaval? ¿qué mensaje reciben los dos hijos de María? ¿quién le enseña a María cómo motivar a su hijo para que estudie?

Quien sabe, quizá el día de mañana acabe estudiando derecho…

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Nexo opina en EL PAIS sobre educación

25 de Enero de 2009
Publicado por Carmen Loureiro Rey | 1 comentarioComentarios

El 2 de enero se publicó en el periódico EL PAIS el artículo Padres, no amigos, firmado por Inmaculada de La Fuente, en el que se nos pidió opinión como expertos en educación y entrenamientos en comunicación a padres.

En el artículo se habla de los problemas que tienen los padres actualmente para educar a sus hijos. Entre ellos, la dificultad para conciliar la vida laboral y familiar, conjugar el afecto y los límites, manejar el estrés cotidiano, etc.

Observamos que la mayoría de los casos en los que existen problemas de comunicación entre padres e hijos, revelan la presencia de tres factores interrelacionados:

  • El estrés, que determina la vida en torno a lo urgente y no a lo prioritario,  deteriorando la interacción con los niños, convirtiéndola en algo meramente utilitario y centrado en la corrección y control de la conducta. El estrés nos organiza a corto plazo, mientras que todo lo importante y esencial de los objetivos educativos requieren pautas que tendrán consecuencias a medio y largo plazo. Desde el control de una rabieta hasta una simple conversación con nuestro hijo necesita de la serenidad, sensatez, paciencia y conducción hacia metas de desarrollo. Nada de eso se puede llevar a cabo cuando a penas existe tiempo para estar con los niños.
  • La inmadurez emocional de los padres: La falta de empatía y de control emocional es una de las bases principales de la incomunicación y desafecto entre padres e hijos. El egocentrismo no superado de muchos padres determina en muchos casos un abandono afectivo o desprotección, o la exigencia de recibir de los hijos aquello que alimenta el propio ego.
  • La ignorancia respecto a las necesidades básicas de los niños. Esto es atención, contacto físico, amor, reconocimiento y aceptación incondicional. Los niños no necesitan ropa de marca, numerosos juguetes u otros bienes materiales. Necesitan estar suficiente tiempo con sus padres, hablar con ellos, observar que éstos se alegran al verles, sentirse comprendidos y protegidos. Los niños necesitan saber y sentir que son importantes para sus padres.
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