Los efectos psicológicos de la pandemia y el confinamiento están siendo muy parecidos en todos los países. El miedo al posible contagio, la ansiedad ante el confinamiento, la desorientación por la nueva realidad, la incertidumbre ante el futuro y el estrés al que han sido expuestos determinados sectores de la población, son similares en todo el mundo y, a pesar de que es una enfermedad desconocida, se están estudiando a toda prisa sus efectos y secuelas en la salud física y psicológica.

En estos estudios se concluye muy a menudo, qué un gran porcentaje de la población española (más de un 40%) son susceptibles de sufrir algún trastorno psicológico relacionado con la ansiedad y/o la depresión, al salir de este periodo. Así, se teme que se colapsen los servicios de salud mental y se acuñan  nuevos trastornos mentales como “el síndrome de la cabaña” cómo si fuese algo “anormal” tener ansiedad al salir de casa después de llevar más de 70 días encerrados bajo la amenaza de contagio que hemos sufrido.

kobu-agency-tf6irW9g0e4-unsplashQuizá, debido a estas noticias se escucha bastante últimamente “los psicólogos os vais a hartar a trabajar, tendréis trabajo para aburrir cuando salgamos de esta”… En esta entrada, quiero señalar que sentir ansiedad, miedo, aburrimiento, incertidumbre y cierto estrés, es natural, no son síntomas de algún trastorno. Por el contrario, son respuestas adaptativas a una situación extraordinaria y prolongada, que aún cuando el confinamiento haya acabado, seguiremos notando durante cierto tiempo hasta que recuperemos la “nueva normalidad”, es decir, hasta que volvamos a sentir cierto grado de control sobre nuestras vidas.

Es como si tras un exceso de comida nos sentimos empachados y nos duele el estómago o después de una sobrecarga de ejercicio nos lesionamos algún músculo y no podemos andar o hacer la actividad normal. Interpretaremos como lógico nuestro dolo
r, sin pensar por ello que estamos enfermos o que el dolor no se va a quitar en toda la vida. No, entenderíamos que el cuerpo ha sufrido un exceso de estrés y nos cuidaríamos hasta recuperar la funcionalidad habitual.

Para ayudar a discriminar una respuesta adaptativa de una patológica, nos enseñan en la facultad a identificar tres características: frecuencia, intensidad y duración de la respuesta alterada. Esto es, cuanto más frecuente e intensa sea la reacción más tiende a cronificarse y volverse patológica. Pero en realidad, la patología o gravedad depende de la combinación de otros factores, como por ejemplo las condiciones en las que se ha pasado el confinamiento, cruzado con las características personales.  Hacer un buen análisis de las variables contextuales y personales, sí puede explicar o predecir la evolución de la conducta futura.

Así, podemos esperar que las personas que han vivido hacinadas en pisos o espacios pequeños con muchos “convivientes”, los que han perdido o disminuido gravemente sus fuentes de ingresos, los que han estado en contacto con el virus y han padecido sus consecuencias en cualquiera de sus formas (enfermedad o muerte de algún allegado) los que tengan menos recursos y estrategias para enfrentar el sufrimiento, serán los más vulnerables para padecer algún tipo de trastorno futuro.

Pero aún así, es necesario señalar que bajo esas condiciones tan duras, es natural, dormir mal, tener pensamientos repetitivos y preocupantes, sentir ansiedad y estar alterado emocionalmente, sin que ello implique un trastorno mental. En palabras de Miguel Costa y Ernesto López “los problemas psicológicos no son enfermedades” y si los tratamos como tales, corremos el riesgo de medicalizar aún más a la población y recetar ansiolíticos o crear uno nuevo para los que sufran “el síndrome de la cabaña” u otros que vayan surgiendo según la conveniencia o la moda.

marie-chiong-wasqAGmBVNw-unsplashLos psicólogos podemos cumplir una función psicoeducativa para la población general, que ayude a normalizar el sufrimiento natural de una pandemia como la que estamos pasando. Podemos explicar a la población, que tomar una pastilla innecesaria, no nos resuelve el problema del sufrimiento que experimentemos, si no que nos hace más débiles, pues convierte el malestar en crónico y nos hace dependientes de ella para aliviarnos.

Podemos ayudar a pasar los duelos más complicados que se hayan podido sufrir en ésta época, podemos trabajar en aumentar las competencias para enfrentar las consecuencias del confinamiento. Podemos enseñar hábitos saludables para combatir el deterioro y recuperar las fuerzas. Y todo ello sin necesidad de patologizar a la persona, que simplemente está sufriendo.

Ahora es cuando nuestros servicios pueden ahorrar costes a la sanidad pública, evitando colapsos en la atención primaria por dolencias o malestares cuyo principal componente es psicológico y disminuir costes de la medicación excesiva o innecesaria. Nuestra utilidad no está solo en los momentos críticos o las emergencias, somos eficientes ayudando a reducir el sufrimiento humano. Solo necesitamos oportunidades para demostrarlo.

 

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