“Amar es una conducta que hay que aprender, enseñar y practicar”.

-Mila Cahue.

Dormir, caminar, comer, reír, abrazar,… son conductas. Y también lo es amar.

Y es que conducta no es solo lo que se hace sino también lo que se piensa o siente. Hace referencia a todo lo que es observable por los demás (a nivel físico o motor, como gestos, acciones) como a lo observable por la propia persona (lo que conocemos como eventos eventos privados, es decir, pensamientos, sentimientos o emociones, que pueden llegar a ser observables por los demás a partir de lo verbal o lo físico).

Amar es también una conducta que normalmente trae consigo o desencadena otras muchas. Es una conducta que se da en interacción y está sujeta a muchas variables, que pueden ser personales o del entorno. No se trata entonces de algo incontrolable e inexplicable, externo a nosotros. Ni tampoco es algo que nos invade y nos dirige hacia un destino que no elegimos. Se trata de una conducta que nosotros llevamos a cabo y nos encamina a nuestros objetivos. Un torbellino de emociones, de deseos, pensamientos y acciones que la persona emite para establecer una relación emocional de amor con otra persona.

 

¿Por qué amamos las personas?

Los seres humanos somos seres sociales. Necesitamos unos de otros, comunicarnos y afiliarnos con los demás. Nuestros motivos personales más básicos son la seguridad y la exploración en la búsqueda del placer. Por lo tanto, cuando amamos (no solo a una pareja; también a nuestra familia o amigos), lo hacemos con intención de vincular con ellos hacia la búsqueda de la seguridad y certidumbre, o de sentir sensaciones de placer y satisfacción. El amor es uno de los sentimientos más placenteros y reforzantes que existen.amar

Lo más sano, hablando en términos psicológicos, sería movernos en un equilibrio de ambos. Y de esto trata la buena relación amorosa, de cubrir bien ambas necesidades, ajustándose a las circunstancias.

 

Entonces, ¿de qué depende amar?

Como en muchos otros aspectos de la vida, en la conducta de amar van a influir diferentes variables.

Por un lado, el aprendizaje que hayamos tenido a lo largo de nuestra historia individual y experiencias (qué tipo de relaciones hemos ido estableciendo, si las valoramos como positivas o negativas, etc.).

Otro factor muy importante son nuestros modelos, los que hemos tenido desde pequeños (nuestros padres, hermanos, abuelos…) que han sido una guía muy relevante en nuestro desarrollo de competencias y creencias o valores personales, en este caso, acerca del amor o de uno mismo.

Muchas veces estas creencias o valores son positivos y sanos y otras veces nos encontramos con que hemos aprendido ciertas ideas que nos hacen sufrir o nos complican las relaciones y, que muchas veces, no se ajustan bien a la realidad o a lo que realmente queremos. Creencias o mitos del amor, como “el amor es sufrimiento” , o “mi felicidad depende de mi pareja” , que si están bien instauradas van a guiar nuestra conducta, incluso cuando la experiencia nos muestre que no nos están siendo de ayuda.

A partir de nuestra historia y nuestros modelos, las personas vamos desarrollando nuestro autoconcepto y vamos estableciendo una relación con nosotros mismos y con los demás.

A lo largo de nuestra vida aprendemos una manera de relacionarnos e interactuar con los otros, de comunicarnos, de gestionar conflictos personales. Adquirimos una serie de competencias emocionales, fruto de nuestros modelos y del ambiente, a veces de mayor calidad y otras veces de menos. También aprendemos la importancia del vínculo con los demás, muchas veces a partir de nuestra familia y nuestros amigos.

Todo ello predispone de una manera muy potente nuestra conducta de amar.

 

Esto interactúa con otra construcción importante: la del amor como concepto. Vamos aprendiendo qué significa amor y cómo es amar a partir de todas estas variables que, a nivel global, compartimos porque contamos con un marco de referencia común, por ejemplo, nuestra cultura. Sin embargo, a nivel individual diferimos debido a la influencia que ha podido tener en nuestra historia, lo que hemos aprendido en la interacción con nuestros iguales, nuestra familia, la información a la que tenemos acceso, etc.. Incluso cuando compartimos un mismo marco de referencia (por ejemplo, una cultura compartida por ambos), ya que, a partir del aprendizaje, contamos con nuestros propios marcos de referencia individuales. Por eso, a la hora de amar, es muy posible que unos y otros no lo hagamos de la misma manera, ni tengamos las mismas expectativas y valores, ni nos consideremos felices en situaciones similares.

 

A amar (bien) se aprende

psicologos_atochaA pesar de ello, podemos asentar unas bases. Todas las conductas se aprenden: enfadarnos, escuchar, comunicarnos… y amar no va a ser menos. Todos somos capaces de aprender y mejorar en este camino. En él ponemos en marcha muchas competencias de comunicación y gestión emocional que son susceptibles de entrenamiento.

Al final, lo que hace que una persona se sienta realmente amada es consecuencia de la valoración positiva de muchas conductas reforzantes entre la pareja o la otra persona; un resultado de la recopilación de muchos detalles, cuidados y afecto positivo a lo largo del tiempo. Esto se consigue no conformándose con sentir lo que uno hace o inferir que el otro lo sabe, sino saber transmitirlo. Y una buena manera de que ese mensaje llegue, además de por su claridad es por su frecuencia. No basta con hacerlo una vez, un día, sino que implica una continuidad y estabilidad en el tiempo.

Y lo más importante, para amar hay que querer hacerlo y estar dispuestos a ello.

 

Lánzate a amar, y recuerda:

  1. El amor parte primero del amor a uno mismo. Mi `yo´ como fuente de refuerzo personal y de mi valía.
  2. La otra persona es fuente de refuerzos y susceptible de amar, pero no completa mi `yo´.
  3. Por lo tanto, nadie puede hacerme completamente feliz ni nadie puede hacerme completamente infeliz.
  4. Sentir amor es bienestar, placer y salud psicológica. No es sufrimiento, ni miedo, ni determina mi valía personal.

 

Manejar y gestionar bien estos conceptos puede ubicarnos bien a la hora de emprender la aventura de amar. Estaremos eligiendo querer y ser queridos no en base a nuestros miedos, inseguridades o mitos del amor, sino a nuestros motivos, valores personales y objetivos vitales, haciéndonos felices mutuamente. O como decimos los psicólogos de la conducta, siendo una gran fuente de refuerzos el uno para el otro.

 

 

 

Cahue, M. (2014). Amor del bueno. Cuando lo encuentres, cuídalo y disfrútalo. Madrid: JDEJ Editores.

Garriga, J. (2013). El buen amor en pareja. Cuando uno y uno suman más que dos. Barcelona: Editoral Planeta.

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