“Me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado”

Julio Cortázar.

 

Cuando hablamos de amor…

Generalmente si imaginamos dos personas enamoradas podemos pensar en dos perspareja amoronas que se muestran cariño, que hacen cosas juntas, que se ríen, que comparten, que se apoyan… Lo cierto es que no hay una única manera de amar así como no existe solo un tipo de relación amorosa. Hay tantas relaciones como personas y distintas maneras de sentir y entender el amor.

Al final el amor es un constructo que hemos creado para llamar a un tipo de relación especial que estamor románticoablecemos de gran afecto y cariño y que es susceptible de variar en función de cómo se comporten las personas que están envueltas en esa relación y las interacciones que llevan a cabo.
Sin embargo, desde que somos muy pequeños, conocemos y aprendemos sobre el amor. Nos instruimos y somos instruidos en cómo es y cómo se comportan las personas que participan en él. Lo vemos en las películas, en las narrativas, en los hogares,… y muchas veces todo apunta a una misma dirección. Esa manera de amar que aprendemos se conoce como amor romántico.

 

 

Desmontando el amor “romántico”

El amor romántico no nace de la naturaleza del ser humano sino que tiene cabida en un contexto amplio e histórico social en el que la desigualdad entre hombres y mujeres respecto a sus derechos y sus prácticas ha sido la constante.

Desde su origen en el amor cortés medieval, la herencia socio-cultural que hemos ido traspasando a lo largo de los siglos a través del lenguaje ha atravesado también las relaciones (sus valores, sus normas,…), quedando ensalzadas una serie de características que han definido el “buen amor” entendido en estas condiciones.

amor y sufrimiento

Es un amor que predica con la entrega total al otro, el priorizar por sus deseos o derechos, la idea de no estar completos salvo con esa persona (la “media naranja”), que además es única e irrepetible, que da sentido a nuestras vidas siendo el motor de todo lo que hay en ellas, etc.

¿Os suena?

Quizá sobre el papel nos parece alejado de nuestra realidad, o quizá antiguo, pero si observamos y analizamos bien lo podemos ver a nuestro alrededor.

Más allá de las apariencias, de las palabras y de la forma de la conducta (más moderada o más saliente), en muchas ocasiones lo que está debajo responde a este tipo de “amor”. La función que está cumpliendo ese comportamiento viene a reforzar esas ideas. Nuestro comportamiento “romántico” (como los celos, la idealización del otro, que todo gire en torno a él/ella, la dependencia emocional, el maltrato y posesión de la otra persona,…) las fortalece y las hace prevalecer.

Esa concepción que vamos aprendiendo desde edades tan tempranas acerca del amor es, en realidad, muy detallada. Sabemos lo que es más correcto y lo que no, lo que tiene lugar, lo que puede ser sancionado, lo que se espera de nosotros, lo que es bonito y valioso,… Es decir, eso del amor “romántico” no es más que un tipo de amor al que nos enseñan a ajustarnos mediante una descripción detallada de reglas, normas y roles a desempeñar en pareja, y atiende a una serie de valores tradicionales que en muchas ocasiones no son compartidos por sus individuos.

Si añadimos el juego perverso que también se hace a partir del lenguaje al llamarlo “romántico”, concepto cargado de positividad y que nos hace asociarlo con realidades deseables y atractivas, entendemos cómo nos hace relacionarnos con él condicionando ya de esta manera nuestra experiencia. Como si esta manera de amar fuera algo necesariamente bonito, agradable, sano y elegido. Pero ¿es así en realidad?

 

Cuando el amor duelecuando el amor duele

Llegados a este punto, no nos resulta tan extraño entender cómo podemos llegar a establecer asociaciones entre el amor y conceptos tan opuestos como el dolor, la renuncia, el sacrificio, el perderse a uno mismo, quedarse pase lo que pase, amar sin esperar nada a cambio… y cómo éstas pueden llevarnos a mantenernos en relaciones donde no nos sentimos bien e incluso donde no nos sentimos tratados con respeto.

Estas relaciones de equivalencias que establecemos como  “ amor = sufrimiento”, “ amor = todo vale”, pueden llegar a cobrar tanto valor y fuerza que nos hagan menos sensibles a la experiencia, a las contingencias. Es decir, que a pesar de estar pasándolo mal o sentirnos poco felices esto no tenga tanto peso como lo tienen esas reglas del juego, que parece que nos impiden elegir y se posicionan como muros en nuestro camino.

Además, normalmente lo que recibimos de la otra persona en estos casos tiende a ser un doble mensaje (o refuerzo intermitente), por ejemplo, un “te quiero” frente a su comportamiento diario de desprecio o indiferencia.

Una información contradictoria que vuelve confuso nuestro análisis y puede retenernos en la relación por “la ilusión de que cambie o sea algo transitorio”, o la emoción de culpa e idea de responsabilidad de nuestra propia desgracia.

 

En realidad si es sufrimiento, no es amor. El amor reporta bienestarel amor no duele

Cuando sufrimos de manera general en una relación es una señal de que, tras permanecer e intentar lo posible en ella, no estamos sabiendo resolver lo que ocurre, o no es posible seguir adelante.

Lo cierto es que el amor nada tiene que ver con sufrir. Más bien parecen términos opuestos. Es diferente poder atravesar una mala racha en pareja, o tener algún desencuentro en ocasiones que no encontrarnos bien en una relación. Esa debería ser una señal para plantearnos si queremos seguir en ella.

El problema viene cuando no podemos aceptar que la otra persona no nos quiera en realidad, o su manera de querer tan poco adecuada no nos sirva. Esa lucha agotadora que emprendemos por “entender la situación”, modificarla, cambiar al otro… es una tarea no funcional si la otra persona no está dispuesta a querernos, y el resultado es un grandísimo desgaste personal.

¿Y si toda esa energía la empeñáramos en un lugar mucho más rentable y valioso como es cuidarnos a nosotros mismos y cultivar nuestro amor propio?

amor_bueno

Poema de Ana Elena Pena

 

No necesitamos una pareja, y mucho menos para estar completos. Somos “un todo” desde siempre. Pero si decidimos estar en pareja o nos encontramos en la situación de tenerla, es adecuado no perder de vista que esa condición debe aportarnos cosas positivas. Debe sumar, y no quitarnos. Debe impulsarnos y hacernos crecer y no llenarnos de miedos e inseguridades.

El amor puede reportarnos felicidad de muchas maneras, y por supuesto, bienestar. Nos permite la experiencia de conectar con otra persona, de compartir, de crecer, de emprender, de apoyarnos, de cuidarnos,… pero no a toda costa. El amor bueno tiene límites y condiciones, y, aunque cada uno decidamos cuáles queremos que sean, los límites han de estar siempre tratando de preservar nuestros derechos personales y no perdernos en el camino de querer al otro. Amar no es renunciar a uno mismo.

 

Fomenta tu amor propio

Es más fácil ser libre en el amor y poder elegir si podemos sentirnos bien a solas con nosotros mismos. Si no necesitamos del otro para poder ser y encontrarnos a gusto, saber quiénes somos.

Cuidar nuestro amor propio y bienestar va a ser clave para sentirnos bien en el presente y en el futuro y para ser mejores compañeros a la hora de estar en pareja.amor bienestar

Para ello dedícate tiempo, escúchate, toma contacto contigo mismo y con lo que te mueve. Cultiva tus ocios y tus relaciones personales. Permítete disfrutar y probarte en diferentes escenarios y contextos. Aprende y sacia tu curiosidad. Enfréntate a tus miedos, apóyate en los demás.

Y si un día encuentras a alguien especial detente y dedícale tiempo. Puedes trabajar el amor y aprender de él. Entrégate si te apetece pero no te pierdas a ti mismo, a todo lo que has construido y que eres tú. Espera reciprocidad, que el otro se comporte también contigo con respeto y amor. Y si no fuera así, no te preocupes.

No necesitas quedarte a esperar a que un día esa persona te ame o te trate bien.

Te tienes a ti mismo y puedes seguir adelante.

Lo demás quizá está por llegar.

 

 

 

 

Barderi, Montse. (2016). El amor no duele. Barcelona. Ediciones Urano.

 

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