A los que quieren y a veces no pueden. A los que al final, acaban pudiendo.

Últimamente he dado con personas (dentro y fuera de la consulta) que me hablaban de lo decaído que estaba su estado de ánimo. De lo diferentes que se sentían, frente a su estado “habitual”. De lo incómodo que era sentirse desanimado, desesperanzado, perdido, agobiado…

Después de profundizar en las circunstancias concretas que rodean a cada una de estas personas, la conversación llegó en todos los casos al mismo punto, cuando me decían: “yo no soy así”; “no debería estar de este modo”; “no debe ser normal sentir esto”; “ahora no sé qué pensar de la vida, en qué creer…”, “yo, que era optimista…jamás pensé que me sentiría así”, “tengo miedo, así que no podré seguir…”.

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Sin negar lo incómodo que es sentir malestar y sufrimiento, la cuestión es que en todos los casos estas personas estaban preocupadas por estar sintiéndose mal, a pesar de que sus emociones eran coherentes con lo que estaba sucediendo en su contexto. Más aún, en muchos de los casos, estas emociones aparecían en el camino de andar hacia lo que para ellos era valioso (mantener una relación de pareja, cuidar a un familiar enfermo, ejercer su profesión, etc.). Sin embargo, estas emociones son vividas como una interferencia, como señal de que algo va mal y que deben evitar o dejar de hacer.

Estas personas me sirven como ejemplo de la realidad misma: estamos ubicados en la concepción (y en la acción) del rechazo al malestar y la consideración del sufrimiento como algo incompatible con la vida. Estamos ubicados en la búsqueda de la felicidad y las emociones positivas; y en la evitación de las entendidas como negativas

Entre otras muchas, las emociones tienen la función de movilizarnos para la acción, de aportarnos información ‘extra’ que nos ayuda a adaptarnos a los cambios y de favorecer el desahogo. Estas funciones se acaban desvirtuando en el marco socio-cultural en el que venimos estando ubicados en los últimos 40 años. Así que lo que nos encontramos ahora son personas que no pueden sacar provecho de sus emociones (de sus eventos privados) porque están respondiendo a una premisa superior, una regla verbal, que nos adoctrina en que “lo adecuado para poder vivir es ser feliz y evitar a toda costa el sufrimiento”. Nos encontramos a personas atrapadas en solucionar lo que piensan y lo que sienten, en lugar de actuar hacia lo que quieren.

¿Qué está ocurriendo?

“Cuando llegar a ser feliz tendría que ser algo relativamente fácil en un mundo lleno de comodidades y oportunidades que cada vez controla más y mejor el dolor físico y la enfermedad, ocurre que cada vez es más difícil ser feliz y más fácil ser infeliz”.- Hayes et al., 1995, 1999.

Está de moda la inmediatez, el placer a corto plazo, el alivio inminente. Ya no se llevan los valores basados en consecuencias a largo plazo. Las estanterías están llenas de libros de autoayuda que nos dicen cómo se debe vivir; los medios de comunicación, las redes sociales, nos insisten por todas partes con mensajes positivos que censuran la pena; desde algunas posturas (poco o nada) terapéuticas  tratan de enseñarnos que con el pensamiento puedes atraer todo lo que deseas. Incluso desde el propio modelo médico, se recurre a los fármacos cuando alguien verbaliza que se siente agobiado: “para no sentir dolor, para sentirte bien, o para no sentir”, lo que es muy contrario a vivir. La evitación está servida.

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El malestar ha sido etiquetado como anormal e inadecuado. Es en esta equivalencia funcional del lenguaje donde comenzamos a perdernos. Hemos caído en la trampa. Y lo es en la medida en que, en realidad, la vida contempla ambos estados, bienestar y sufrimiento.

Sentirse mal, ahora, es opuesto a tener salud mental. Estando ubicados en esta calificación, es lógico entender por qué la gente trata de evitar a toda costa sentirse así. Sentirse mal puede estar queriendo decir que tengo un problema psicológico, que quizás tengo un trastorno de ansiedad o depresivo, con todo el estigma social que eso conlleva. Sentirse mal se plantea, además, como incompatible para poder hacer, como una barrera para vivir y hacer lo que uno quiere y tiene que hacer.

Como auténticos seres verbales, tendemos a categorizar nuestra experiencia, es decir, lo que sentimos, pensamos, recordamos, imaginamos…. En la medida en la que ésta es categorizada como “mala” o entendida como “causa” de nuestros problemas, se está promoviendo en nuestra vida diaria su eliminación o evitación: “no estés triste”, “no te preocupes”, “deja de llorar”, “con una sonrisa siempre”, “no debes agobiarte”, “no puedes pensar así”...si-no-tuvieras-miedo

Si viviéramos en un mundo predecible, en un mundo completamente seguro, donde nada malo pudiera pasar, esas reglas serían funcionales. Tendría sentido ajustarnos a ellas, porque haría referencia a una realidad posible.

Pero la cuestión es que la vida está tan llena de reveses positivos como negativos. Existen mil y una posibilidades estremecedoras, placenteras y sorprendentes; y existen mil y una posibilidades terribles, dolorosas y angustiantes. La felicidad y el sufrimiento son dos realidades entremezcladas, que coexisten, que se hacen la una a la otra y que forman parte de la naturaleza de la vida y de nuestra condición como seres verbales.

Lo cierto es que el viaje hacia lo que es valioso para nosotros puede implicar, en algún momento, sentir miedo, pena, dolor, incertidumbre, vértigo, inseguridad, dudas o cansancio. También puede implicar tener pensamientos o recuerdos que puedan ser dolorosos, incómodos o inquietantes… Pero nuestra vida sería muy limitada si tuviéramos que renunciar a todo lo que queremos por evitar “pasar por esto”. Lo que pueden llegar a ser nuestras experiencias vitales y nuestras relaciones sociales es mucho más que sentir o pensar todo aquello, aunque desde dentro no lo parezca. El reporte personal, en términos de aprendizaje, puede ser inimaginable.

 

Algunos aspectos fundamentales a tener en cuenta

  • Las palabras pueden ejercer, mediante equivalencias funcionales, un control negativo sobre la conducta. Es por eso que en muchas ocasiones acabamos enredados.
  • Las reglas sociales imperantes del momento nos influyen directa o indirectamente, lo que dificulta en ocasiones el mantenimiento de nuestra conducta dirigida hacia valores personales.
  • Tratar de evitar las experiencias privadas (lo que sentimos, lo que pensamos), dificulta la búsqueda de soluciones para las situaciones o acontecimientos que pueden estar dando origen a los problemas personales, a las necesidades no satisfechas, a los pensamientos angustiosos o a las emociones asociadas.
  • Contemplar el malestar no pasa por estar constantemente recordando los peligros o permanecer de manera prolongada en una situación no beneficiosa para la persona. No se trata de resignarse. Aceptar el malestar, como images (2)parte de nuestra realidad objetiva, es la mejor manera de ajustar, en el presente, nuestra conducta al contexto que nos rodea y viceversa. Puestos a tener que “superar el malestar”, ésta sería una mejor manera de hacerlo.
  • Tratar de evitar el sufrimiento a toda costa puede llegar a impedir disfrutar plenamente de la vida, puesto que en el camino de gozar de una experiencia placentera pueden tener cabida estados de dolor.
  • Seamos realistas. Es decir, seamos optimistas cuando se pueda.

Como psicólogos, somos muy conscientes de lo complicado que puede llegar a ser a veces enfrentar momentos de adversidad, sean de mayor o menor grado. Sabemos muy bien que “uno no puede lanzarse a la piscina de cualquier manera”. Os animamos a vivir, pero no a cualquier precio.

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Seguiremos trabajando para enseñar a las personas a lidiar con su dolor; a mejorar en la medida de lo posible su contexto para que se pinte éste menos amenazante; para potenciar las competencias personales y, por supuesto, para que la comunicación sea eficiente y satisfactoria para todos. Eso sí, desde el plano de la consideración del malestar como algo que puede ser inherente al proceso mismo y no como señal indiscriminada de algo que se debe evitar.

Ésta será una buena manera de conseguir que las personas de las que os hablaba al principio (y muchas otras), puedan continuar caminando hacia lo que es valioso para ellos, disfrutando de una vida plena, basada en sus elecciones personales y en sus valores.

“Las acciones son mucho más sinceras que las palabras”.- Madelain Mademoiselle de Scudery

 

 

 

López, E. y Costa, M. (2012). Manual de consejo psicológico. Madrid: Editorial Síntesis.

7 Comentarios

  1. Francisco dice:

    Afortunadamente, y el articulo lo pone de manifiesto, ya se va considerando el “malestar” y el “sufrimiento” como algo que tambien existe, junto al bienestar psicologico, y que hay que aceptar y aprender a tolerar y manejar. Articulos como este nunca sobran para mejorar nuestro devenir por la vida.

    • Marina Bazaga dice:

      Me alegra que estés de acuerdo y que el artículo te haya gustado, Francisco. Este artículo solo es una pequeña aportación que pretende plasmar una realidad, pero hay muchas más cosas que se pueden hacer. En ello estamos, trabajando día a día, para mejorar, como bien dices, el devenir de la vida de las personas. Un saludo.

  2. Fernando Palacio dice:

    Preciosa reflexión sobre el dolor y el malestar. Sin esos contrapuntos no habría felicidad. Me ha encantado tu trabajo.

    • Marina Bazaga dice:

      Muchas gracias Fernando, me complace que te haya gustado. La felicidad tiene sentido en la medida en que no es constante y estable. Si fuera así, sería más difícil discriminar que es lo verdaderamente importante para uno y aprender ciertas cosas que solo tienen cabida tras haber vivido circunstancias adversas que, en gran parte de las ocasiones, te permiten “dar un salto”. Un saludo.

  3. […] Este modo de operar en el mundo hace posible que los humanos nos relacionemos con los eventos sin necesidad de que estén presentes, algo tremendamente adaptativo y que, al mismo tiempo, puede convertirse en una inagotable fuente de sufrimiento y malestar cuando es mal gestionado. […]

  4. […] Es necesario extremar el cuidado ante los afectados por esa muerte, de forma que no aumentemos su dolor innecesariamente y esto se consigue mediante la empatía con el que se queda, ponernos en su lugar […]

  5. […] procesos de duelo se complican cuando no elaboramos adecuadamente la pérdida de un ser querido, cuando evitamos entrar en contacto con el dolor que nos provoca, cuando intentamos pasar rápido por encima […]

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