Cuando nada es seguro, todo es posible.

En lo que se refiere a lo que nos mueve en la vida, los seres humanos solemos hacerlo, fundamentalmente en dos direcciones: buscar la seguridad (y evitar peligros), y explorar (contactar con lo novedoso). Ciertamente, son dos motivos muy relacionados con favorecer nuestra supervivencia y protección como especie, protegiéndonos de peligros fundamentales, al mismo tiempo que tratamos de desarrollarnos en nuevos contextos y ante nuevos retos. El predominio en una persona de unos motivos u otros depende de la interacción de diversos factores: su historia de aprendizaje, el momento evolutivo en el que se encuentre… Así, en determinados momentos de nuestra vida, podemos tender en mayor medida a buscar seguridad, al igual que en otros, podemos llegar a estar dirigidos en mayor medida hacia la exploración.

Teniendo esto presente, son totalmente comprensibles nuestros intentos por sentirnos seguros y con control de manera habitual: forma parte de nuestra naturaleza como especie. No obstante, en ocasiones esto excede lo adaptativo y se convierte en el objetivo primordial en la vida, condicionando nuestro modo de responder ante los cambios y las circunstancias inesperadas, y pudiendo aparecer (en consecuencia) un estrés desmesurado o incluso acarrear otra serie de problemas como, por ejemplo, la aparición de trastornos psicofisiológicos.

Intolerancia a la incertidumbre

Hablamos de intolerancia a la incertidumbre para referirnos a la dificultad para relacionarnos adecuadamente con situaciones en las que es posible que tenga lugar un evento negativo, aunque sea muy poco probable. Siendo así, se tiende a sobreestimar la probabilidad de que un suceso negativo ocurra, a exagerar el riesgo de nuestras acciones y las consecuencias negativas.manejar_incertidumbre

Existe una estrecha relación entre la intolerancia a la incertidumbre y las preocupaciones excesivas, pues forman parte de un contínuo de la misma naturaleza: a mayor intolerancia a la incertidumbre, mayor tendencia a la preocupación ante situaciones determinadas, y viceversa; a mayor tolerancia a la incertidumbre, menor grado de preocupación y mayor competencia para gestionar situaciones impredecibles. En gran parte de las ocasiones, las preocupaciones excesivas aparecen como reacción al contexto amenazante y cumplen la función de encontrar respuestas, aumentar nuestra certeza y anticiparnos, en un intento de conseguir mayor control y calmar nuestro malestar.

Si se dan determinadas variables a lo largo de nuestra historia de aprendizaje, podemos llegar a establecer algún tipo de relación inadecuada con la necesidad de tener control. Cuando esto es así y tenemos que hacer frente a situaciones en las que sentimos que no lo tenemos o que implican incertidumbre, impredecibilidad o ambigüedad, podemos llegar a encontrarnos a nosotros mismos respondiendo ante la situación con una angustia desadaptativa o con gran dificultad para hacer frente a la situación y manejarla con éxito.

En esta tesitura, solemos vivir la falta de control como algo amenazante, que hay que tratar de evitar a toda cosa o, al menos, resolver lo antes posible.

La mala pasada que nos juega tener una alta necesidad de control, o lo que es lo mismo, udescontrolna baja tolerancia a la incertidumbre, es que vamos a tratar de dirigir todos nuestros esfuerzos a encontrar la seguridad que necesitamos para poder actuar. La paradoja es que, de este modo, lejos de conseguir solucionar el problema y alcanzar la seguridad que buscamos, acabamos siendo menos capaces de tolerar la incertidumbre, puesto que no hacemos frente a situaciones que supongan una oportunidad para desarrollar las competencias necesarias para aumentar nuestra tolerancia. Ocurriría de la siguiente manera: tratar de ‘controlar’ puede que llegue a aliviarnos en un primer momento, pero si no somos capaces de manejar cierto grado de incertidumbre y no control (que en algunos casos es inherente a la situación que se nos plantea), a largo plazo continuaremos reaccionando con miedo y urgencia por escapar o evitarla, a fin de poder calmarnos y sentirnos seguros y, sólo así, poder continuar.

En realidad, alcanzar la seguridad personal depende, en gran medida, del desarrollo de competencias para poder hacer frente a los distintos escenarios y dificultades que nos plantea la vida. No obstante, no podemos olvidar que determinadas condiciones de vida como, por ejemplo, tener cubiertas nuestras necesidades básicas, unos adecuados hábitos de sueño y alimentación, gozar de relaciones saludables y de entornos enriquecedores, van a favorecer en mayor medida su ‘consecución’. De ahí la importancia de atender y cuidar la salud psicológica a todos los niveles (familiar, social, laboral, personal…).

El control a toda costa, ¿es la solución?

A pesar de que no podemos dejar de lado las variables personales ni la historia de vida de una persona para entender su comportamiento, cuando la necesidad de tener control dirige su modo de actuar, pensar y sentir, es alto probable que la vida acabe empobreciéndose, que las oportunidades de disfrute se acorten y quede menos espacio para la pasión y lo inesperado, ya que los motivos de conducta van dirigidos principalmente a buscar seguridad y evitar el peligro (o en términos psicológicos, nuestro comportamiento está basado esencialmente en el refuerzo negativo).

Es aquí donde encontramos a personas que, en su intento por mantener la estabilidad y el equilibrio (o unas garantías –relativas– de ello), acaban al mismo tiempo haciendo eco de su hastío, de su sensación de monotonía y falta de vivacidad. También encontramos a personas asumidas en la indecisión, en la dificultad para tomar decisiones, para elegir entre dos puertas, entre dos amores, entre dos destinos…

agorafobiaEn ocasiones, se convierte en una variable disposicional para el desarrollo de malestar a nivel psicológico, y en otras, más desfavorables, puede llegar incluso a tornarse en el problema angular de fondo para el desarrollo de un trastorno psicológico de mayor envergadura (trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo compulsivo, agorafobia…).

Lo cierto es que la incertidumbre es inherente a la vida y pocas veces vamos a conseguir la certeza absoluta para poder tomar determinadas decisiones. No obstante, hay algo que sí está bajo nuestro control, y es nuestro modo de responder ante ella.
La incertidumbre, afortunadamente, es inevitable y puede llegar a convertirse en una gran oportunidad para experimentar nuevos retos, favorecer el crecimiento y el autoconocimiento personal. Tratemos, por tanto, de permitirnos convivir con ella y de valorarla como una condición que, en muchos casos, puede estar a nuestro favor y acercarnos a lo que siempre soñamos.
Ser consciente de mis recursos personales y de aquellos de los que aún carezco va a ser de suma importancia de cara a un mejor manejo de ella. Debemos recordar que su consecución depende del entrenamiento y los cambios en mi conducta y, para ello, los psicólogos podemos ser de gran ayuda.

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De momento, una buena manera de comenzar a trabajar en ello a un nivel cotidiano puede ser tratar de afrontar con cierta frecuencia oportunidades que impliquen distintos grados de incertidumbre para aumentar progresivamente mi tolerancia a ellas. Por ejemplo, desde atreverme a pedir un plato nuevo de comida o permitirme convivir sin saber a qué hora pasa el siguiente tren o autobús, hasta hacer planes sobre la marcha, sin saber de antemano a dónde iremos con nuestro grupo de amigos.

Ojo a las situaciones inesperadas. En ellas se encierran a veces las grandes oportunidades. – Joseph Pulitzer.

2 Comentarios

  1. Luis Fernando Yusta Pascual dice:

    Hola, me llamo Luis Fernando Yusta,
    Me parece muy interesante tu artículo, Marina, muchas gracias por difundir info.

    • Marina Bazaga dice:

      Hola Luis, muchas gracias por tu comentario. Me alegra que te haya gustado. Espero que además, te pueda ser de ayuda en algún sentido.

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